NENES-SUICIDAS

Las razones detrás del triste
récord de Chile. Cifras se
concentran entre 12 y 18 años

POR ALEJANDRA CARMONA L.

Presión. Éxito. Ser alguien en la vida. Que los padres no se enojen si “fracasan”. Tener relaciones sexuales o no. Tomar alcohol o no. Drogas. Mejorar las notas. Ser aceptado por el curso. Imagine todo eso metido en una cabeza en formación. Son parte de las cosas que hay que observar en un niño o adolescente con signos de depresión, antes que se sume a los números negros de la salud en Chile.

Matías comenzó a morir el martes 10 de octubre, antes de las ocho de la mañana.

Cuando lo encontraron en su dormitorio, con signos de asfixia, la ambulancia se llevó su cuerpo agónico al Hospital Clínico Magallanes de Punta Arenas. No había ninguna razón aparente: era un alumno destacado de 2° Medio del Colegio Pierre Faure, eximio jugador de ajedrez, tenía metas y proyectos. Incluso era el representante de su colegio en unas olimpiadas de actualidad. Por eso nadie entendió que quisiera quitarse la vida. Días después, su mamá, Viviana Silva, intentaría encontrar respuestas.

Las cifras internacionales y nacionales se repiten. La depresión es una de las enfermedades que perturba a los chilenos. La Organización Mundial de la Salud (OMS), en su último informe sobre “Depresión y otros Desórdenes Mentales Comunes”, señaló que 844.253 personas mayores de 15 años tienen depresión, es decir, el 5% de la población. También reveló que el 6,5% tiene ansiedad, a saber, 1.100.584 personas.

La depresión es una enfermedad que padece el 17,5% de la población y que es responsable del 26% de las licencias médicas que se emiten al año, según la OMS, un organismo que también destaca que Chile, junto con Corea del Sur, son los países en los que la tasa de suicidio de niños y adolescentes aumenta cada año en vez de disminuir.

Sacar la voz

“El suicidio en general es un proceso largo que involucra muchos factores, ya sean personales, familiares, ambientales, sociales, etc.”, dice Paulina del Río, presidenta de la Fundación José Ignacio.

“Cuando un o una joven presentan estos factores, los gatillantes pueden ser infinitos: un fracaso escolar, una ruptura amorosa, un problema familiar, la muerte de un ser querido, cualquier frustración que el o la joven ya no puede tolerar: es la gota que rebalsó el vaso. Pero es muy importante distinguir causas de gatillantes. Obviamente en una persona que no ha desarrollado un proceso de acumulación de dolores y frustraciones, los gatillantes son simples obstáculos en el camino que se superan con mayor o menor dificultad”, comenta Paulina.

Y sabe de lo que habla. La fundación nació jurídicamente en 2014 para darles una mano a jóvenes que se sentían en un laberinto, pero sus orígenes se remontan a 2007, dos años después del suicidio de su hijo mayor, José Ignacio, que tenía 20 años.

“En cuanto pude respirar nuevamente, empecé a escribir en blogs donde los jóvenes buscaban métodos para suicidarse. Les contaba que mi hijo no había tenido ayuda y les ofrecía mis orejas y abrazos virtuales. La respuesta fue impresionante: empecé a recibir mails de todo el mundo de habla hispana. Fue tan evidente la necesidad que tenían estos muchachos y muchachas, algunos de no más de 12 años, de ser escuchados y acogidos en su dolor y soledad, que poco a poco comenzó a tomar forma la idea de brindarles un espacio físico y de empezar  a crear conciencia sobre el suicidio infanto-juvenil”, dice Paulina.

En el home del sitio de la Fundación José Ignacio hay un vínculo que emplaza a reconocer las señales: entre estas están si alguien pierde el interés en actividades que antes le gustaban mucho, se comporta de manera diferente (llora o se irrita sin motivo, por ejemplo), regala sus posesiones más valiosas, planifica su muerte comunicándolo en las redes sociales, escribiendo un testamento o una carta de despedida, entre otros puntos.

En estos 10 años de escucha, Paulina cree que los problemas de los jóvenes no han cambiado. Constantemente observa que están sometidos a presiones que en sus “tiempos jamás habríamos imaginado”. Niños que tienen que tomar decisiones respecto de si tener o no relaciones sexuales, cómo y con quién; o que tienen que decidir si consumen drogas o alcohol.

“Otro punto que se mantiene igual es que muchos niños se sienten una carga para su familia, un fracaso porque no pueden cumplir con las expectativas desmedidas que muchas veces se tienen de ellos. E incluso cuando la familia no es tan exigente o es definitivamente relajada, los niños, niñas y adolescentes no están ajenos a la presión del medio en que se desenvuelven.

Sumémosle a todo eso el que no hemos creado un espacio para quienes son más vulnerables, que precisamente son los que más nos necesitan”, explica Del Río.

Los vacíos

El Colegio Politécnico Santa Ana de Quinta Normal amaneció rayado el lunes 2 de agosto. Los apoderados y alumnas protestaron impactados por el suicidio de Maura, una niña de 12 años. Todos culpan al bullying que sufría la niña y que, según algunos apoderados, el colegio no había sido capaz de detener.

El ambiente escolar es uno de los lugares en los que más se mueven los niños y adolescentes y por eso los especialistas llaman a estar muy alertas a cómo se sienten los estudiantes en las salas de clases. Según publicó El Mostrador Braga cuando ocurrió la muerte de Maura, en 2016 se presentaron cerca de 2 mil denuncias en la Superintendencia de Educación por maltratos físicos y sicológicos en los colegios.

Paulina del Río dice que día a día escucha relatos de años de sufrimiento, de sentirse fuera de lugar, de no sentirse querido, de soledad, de reacciones heroicas frente a todo tipo de abusos, especialmente el bullying presencial y por las redes sociales, y el abuso sexual, “con unas ganas de vivir a pesar de todo, que conmueven. Pero el aguante tiene un límite y llega un momento en que el o la joven ya no intenta comprender el sentido de su vida, piensa que solo vino a este mundo para sufrir, que no tiene sitio en él y simplemente pierde la esperanza”.

Myriam del Canto es trabajadora social y es superviviente del suicidio infanto-juvenil. Los supervivientes o sobrevivientes son los familiares cercanos de la persona que ha cometido un suicidio. “En varios países, forman grupos de autoayuda terapéutica y realizan lobbymediático y gubernamental para la mejora de la salud mental”, explica Myriam, vía e-mail porque vive en Francia, aunque desde ese país actualiza constantemente una página llamada “Grupo para la Prevención del Maltrato Infantil y Suicidio en Chile”, que se creó en agosto de 2015. En eso convirtió el dolor después de la muerte de su sobrina.

“Ella era una gran estudiante, jamás habló de su dolor directamente con mi hermano, pero sí lo hizo en el colegio, de forma regular dos años antes de su fallecimiento, pero el colegio apenas hizo registros escritos y, al tratarse de maltrato infantil emocional, no es obligatorio denunciarlo y, aunque lo hubieran hecho, no existe en Chile una institucionalidad y legislación que protejan de forma integral la infancia en Chile y la crisis del Sename lo pone en evidencia”, manifiesta Myriam.

En Chile existe un Programa para la Prevención del Suicidio, dependiente del Ministerio de Salud; sin embargo, Myriam dice que a nuestro país le falta mucho para tener una política pública que ataque este problema.

“No existe ley de salud mental, ni tampoco una ley de prevención del suicidio.

El Programa para la Prevención del Suicidio no ha contado con glosa presupuestaria en los últimos años, y la dotación asignada el 2016 fue significativamente más reducida que la solicitada por el Ministerio de Salud”, precisa Myriam, quien también recuerda que en septiembre de 2016 hubo una sesión especial sobre el suicidio infanto-juvenil en la Cámara de Diputados.

Esto, debido a la presión que hicieron los supervivientes del suicidio, por lo que se acordó destinar un 2% del presupuesto en salud mental, pero este porcentaje es todavía muy inferior al resto de América Latina. “Se han realizado muchas acciones de lobby parlamentario que han resultado infructuosas y se ha denunciado también a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos”, comenta Del Canto.

Myriam apunta a otro tema y sobre los fármacos que reciben algunos jóvenes y adolescentes con depresión o trastornos mentales del ánimo. “El Ministerio de Salud no ha informado de forma clara sobre los efectos secundarios de los psicofármacos, incluyendo del riesgo de ideación suicida y, cuando interviene, lo hace ya muy tarde, porque los trastornos emocionales y de ánimo se desvelan en la primera infancia y están relacionados con la dinámica familiar, la historia familiar, el apego y las competencias parentales. Es preciso señalar que el componente genético no es el determinante”.

Flora de la Barra, con más de 30 años de experiencia como siquiatra infanto-juvenil en la Clínica Las Condes, asegura que, de acuerdo a un estudio epidemiológico comunitario a nivel nacional, publicado en 2012, el 3,1% de suicidios se concentra en niños de 4 a 11 años y 7,0% en adolescentes de 12 a 18 años (3,4% en hombres de 4 a 18 años  y 6,9 en mujeres de 4 a 18).

Flora releva la atención que ponen los padres en los hijos y el tiempo que les dan. Además, cuenta una historia: se ha viralizado la forma en que Islandia logró terminar con el abuso de drogas. Se propusieron darle una hora de calidad al día a los hijos diariamente. Sin distractores, solo escuchándolos, con atención, lejos del celular y poniendo atención en sus gestos y conversaciones. Flora dice que eso mismo podría extrapolarse para ayudar a la salud mental de los menores.

Días después de ese martes 10 de octubre en que Matías se quitó la vida, Viviana Silva, su mamá, quiso indagar. “Nos dijo su profesor de ajedrez que los últimos días lo vio un poco ansioso y le preguntó. Él le dijo que sí estaba ansioso, pero nada más. Él tampoco creyó lo que sucedería y eso fue dos días antes del suceso. Un compañero también dijo que no quería trabajar en clases, pero nadie imaginó nada”, cuenta Viviana.

En Punta Arenas, Matías terminó de morir varias horas después de ese martes 10 de octubre. Sus padres decidieron donar sus órganos y fueron recibidos por 4 personas.

Después de su muerte, sus padres repararon quizás en el último acto distinto que pudo haber hecho. Dos días antes, borró su fotografía de su WhatsApp y escribió en su estado: “Guilty pleasure” ("placer culpable" en inglés).

ClariNet