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PARQUE-POBLETE

Sobre nombres, vía
pública y memoria.

Por Jorge Montealegre

¿Qué más cercano que las calles, los parques de nuestro barrio? El caso del Parque Renato Poblete –y de la estatua dedicada al cura– plantea el tema del desafecto, del demérito, del retiro del homenaje. “La magnitud de las denuncias” justifica el retiro del homenaje. Es interesante el criterio si extendemos el concepto de abuso a la violación de los Derechos Humanos.

¿“La magnitud de las denuncias” –véase informes Rettig y Valech– no justificaría el cambio de nombre de la Avenida General Oscar Bonilla?

Me gusta vivir en una calle que se llama Rubén Darío, en homenaje al poeta nicaragüense; pero no me gustaría que mi dirección –por ejemplo– recordara al general Bonilla, el primer ministro del Interior de la dictadura. Para mí, el nombre de los lugares públicos es un tema significativo desde el punto de vista de la construcción del imaginario simbólico de nuestra ciudad, de la identidad del barrio, de nuestra memoria colectiva. Siempre me ha interesado. Y en estos días está en el aire.

Un ministro declara que “es razonable evaluar un cambio de nombre para el Parque Urbano  Renato Poblete” de Quinta Normal, considerando “la magnitud de las denuncias” por abuso sexual y de poder. Investigación en desarrollo.

En otra comuna, reivindicando el nombre de la primera médica chilena, un grupo ciudadanos de Independencia, con apoyo de la Universidad de Chile, impulsa la campaña “Un Metro para Eloísa” con el fin de que la Estación Hospitales de la Línea 3 recuerde a la Dra. Eloísa Díaz. Pocas estaciones tienen nombre de mujer y el Metro le consulta poco a los vecinos sobre lo que hacen en su territorio.

Por otro lado, en Estación Central, la Federación de Estudiantes de la Usach y la Fundación Víctor Jara, en festivales masivos y gratuitos, llevan la campaña “Una calle para Víctor Jara”. Se propone que el nombre lo lleve un tramo de la Av. Ecuador.

Y así como hay nombres reivindicables, también están los indeseables, como el proyecto para borrar cualquier vestigio de homenaje a la dictadura de Pinochet, apoyado por organizaciones de familiares de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos: “Ninguna calle llevará tu nombre”.

Un caso digno de ser recordado –y de celebración– es la iniciativa para “Desmonumentar” la dictadura que en el año 2012 logró devolver el nombre Avenida Nueva Providencia a la calle que los alcaldes designados nombraron Avenida 11 de Septiembre para rendir un homenaje permanente al golpe de Estado de 1973 y la consiguiente instauración de una dictadura militar en Chile.

La iniciativa ciudadana, encabezada por el historiador Francisco Estévez Valencia, la entonces Presidenta de la Unión Comunal de Juntas de Vecinos de Providencia, Josefa Errázuriz, y el miembro del Centro de Alumnos del Liceo José Victorino Lastarria, fue una disputa por el poder simbólico que establece un precedente de acción democratizadora que bien vale la pena conocer en todos sus detalles. Nadie dice que esto es fácil. Pero es un campo donde la ciudadanía debe opinar. Como dijo el ministro, a propósito del Parque Renato Poblete, “los cambios de nombres son temas que se resuelven en su minuto”. Y pueden pasar años.

¿Puede tener sentido preguntarnos por el nombre de las calles, que a veces llamamos arterias, como si recorriéramos un cuerpo que nos contiene a todos?

A fin de cuentas hablamos de la ciudad: del lugar que habitamos. Ciertamente el olvido hace que muchos nombres, en el uso diario, no tengan más sentido que una señal caminera para no perdernos. No sabemos por qué, en algún momento ese nombre mereció ser nombre de calle. En nuestro país, el tránsito a la democracia no desmontó los dispositivos simbólicos que dejó la dictadura, incluso cuando la medida de lo posible lo permitía. Aquí no hubo un derribamiento de estatuas, imágenes que referidas a otras latitudes se convirtieron en la metáfora de la caída de los regímenes que representaban.

Digamos también que no había estatuas que derribar y que el golpe se monumentalizó no tanto por la vía del culto a la personalidad del dictador sino por la vía de las desapariciones de íconos vinculados a la cultura de izquierda y sus reemplazos. Por ejemplo, en Chillán hubo un lugar al que los pobladores, por unanimidad en una asamblea, decidieron llamar “Violeta Parra”.

Inmediatamente después del Golpe de Estado, la dictadura decidió llamar de otra manera a esa población. Se le impuso el nombre de un héroe de la batalla de la Concepción y pasó a llamarse “Población Luis Cruz Martínez”. La artista fue reemplazada por un militar “como una manera de hacer justicia a los valores propiamente nacionales y poner término a las designaciones políticas” (El Mercurio, Santiago, 2 de octubre de 1973). También “Violeta Parra” se iba a llamar la estación del Metro –cuando Allende visitó esas faenas- que  hoy conocemos como “San Pablo”… desde que a Pinochet le tocó la inauguración.

Es legítimo, entonces, recuperar y reivindicar la presencia simbólica merecida, así como desmonumentar lo que no merece monumento. Así, puede darse una cierta circularidad en la desmonumentalización (“11 de Septiembre” vuelve a ser “Nueva Providencia” y espero que no vuelva a ser “11 de Septiembre”; más lejos, San Petersburgo volvió a ser San Petersburgo, luego de pasar por Petrogrado y Leningrado: los nombres de la ciudad se cambiaban según los cambios políticos.

Y esto creo, deja preguntas en el aire sobre cómo desmonumentar sin dejar de recordar; sin negar la existencia de aquello que no merece homenajes, pero sí debe ser parte de la memoria colectiva. La pregunta, parodiando a Gonzalo Rojas, es qué se recuerda cuando se recuerda. El problema no es la memoria, es el sentido del recuerdo.

¿Qué pasa con la disputa simbólica en una ciudad tan segregada como la nuestra? ¿La segregación influye en el trazado simbólico de la ciudad? ¿Hay alguna relación? Pienso, por ejemplo, que a los asistentes habituales a CasaPiedra no les debe violentar que dicho centro de eventos esté ubicado en la Avda. San José María Escrivá de Balaguer, de Vitacura. No creo –desde un prejuicio fundado- que les moleste a los empresarios reunirse en un lugar que lleva el nombre del fundador del Opus Dei. Lo raro sería que esa calle se llamara, por ejemplo, Av. Clotario Blest. Y tengo dudas de si me gustaría vincular ese nombre –Clotario Blest– con ese centro de negocios y exhibiciones.

Comprendo, por otra parte, que Jaime Guzmán se llame la avenida que está frente a la universidad en que trabajaba y en la que fue asesinada esa persona cuyo nombre despierta recuerdos controvertidos. Admiraciones y repudios. No obstante, es un sitio de memoria, en el sentido de que el hecho que se recuerda es relevante y sucedió en el lugar. Es parte de la memoria del territorio, del tatuaje invisible de la ciudad.

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