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La incapacidad para
convocar a la mayoría.
Por  Juan Pablo Luna
y Sergio Toro Maureira

La sobreoferta de candidatos presidenciales no mejora la capacidad del sistema político de convocar ni dar respuesta a los problemas del 60% que no vota. En el mundo popular, la política se repliega, muestran los politólogos Luna y Toro.

En sectores del sur de Santiago el vacío es llenado por iglesias evangélicas y bandas criminales que proveen mayores ingresos que la economía formal.

En las zonas rurales se vota más: porque los partidos siguen siendo relevantes para conseguir favores.

Los datos expuestos aquí son una bofetada para los medios y partidos cuya discusión se reduce a las encuestas de los pocos que votan. En el silencio de los que están afuera se fragua un futuro muy incierto.

Carmen, una joven madre de Talcahuano, llegó con sus hijos y esposo a uno de los tantos conventillos de Estación Central. Por cosas del destino, fue testigo de una reunión informal de jóvenes de izquierda en un departamento de Emilia Téllez, en Providencia. En silencio escuchó cinco horas en que la palabra pueblo era adornada por citas de los “desordenados del ´68”, cinco horas en que trató de encontrar alguna relación entre lo que se hablaba y lo que ella vivía. Cuando ya terminaba la reunión, uno de los jóvenes exclamó: “¡Carmen, no has hablado! ¿Qué opinas del debate que hemos tenido?”. Con algo de vergüenza pero bastante convicción, Carmen miró a todos y les dijo: “Bueno… yo soy del pueblo del que ustedes hablan, de una población y no entendí nada de lo que hablaron. En ‘mi’ pueblo hay otras prioridades”.

La izquierda chilena ha enfrentado una dificultad fundamental: la de enraizarse en los sectores populares, comprender sus demandas y articular movimientos políticos que logren dar voz a ‘los de abajo’”

Estas palabras cerraron la reunión. Carmen todavía recuerda las risas cómplices y caras sonrojadas que marcaron uno de los pocos contactos que ha tenido con la élite nacional.

El relato de Carmen es tan real como atemporal. Si bien ocurrió a mediados de los ochenta con un grupo de la izquierda fundadora de la Concertación, la brecha social que deja en evidencia no es muy distinta a la que deben enfrentar las nuevas (y viejas) alternativas políticas que este año deberán re-postularse ante el electorado.

La izquierda chilena ha enfrentado una dificultad fundamental: la de enraizarse en los sectores populares, comprender sus demandas y articular movimientos políticos que logren dar voz a “los de abajo”.

Si esa desconexión constituye una pauta de larga duración en la política chilena, se ha vuelto aún más evidente desde el retorno a la democracia, período en que hasta hace poco, la UDI y la DC movilizaban con más efectividad a los sectores populares que la izquierda concertacionista.

Si usted piensa que el Frente Amplio, por ejemplo, tiene esa capacidad, vaya a su página web  y revise la ubicación del exitoso operativo de recolección de firmas que han desarrollado durante las últimas semanas. Si bien hay algunas excepciones, predominan allí localizaciones en sectores ABC1, así como algunas capitales regionales.

Con posterioridad a la bajada de Ricardo Lagos y a las subidas de Carolina Goic, Beatriz Sánchez, (y de otros tantos), las últimas encuestas sugieren un escenario marcado por una sobreoferta de candidatos que no parece terminar de sintonizar con la demanda electoral.

Por el momento, contamos con 15 candidatos presidenciales, y todos ellos, en conjunto, son mencionados por aproximadamente un 60% de los encuestados. Es decir, un gran porcentaje de ciudadanos aún no se vuelca a uno u otro candidato.

Pero esto no es tan preocupante como la proyección de la participación electoral. Si las cosas no cambian demasiado, es dable esperar que no más del 40% de los ciudadanos con derecho a voto termine sufragando en la próxima elección presidencial y parlamentaria.

En un contexto en que ningún partido posee una penetración territorial en zonas populares, la baja participación electoral termina funcionando como un seguro para elites políticas, viejas y nuevas, frente al descontento y la desconexión ciudadana: si no votan, no importan.

El descontento sigue ahí, latiendo, pero desarticulado. Tal vez surja alguien que pueda canalizarlo, pero más probablemente, quienes definan la próxima elección, sean una minoría de aquellos con derecho a voto.

En todo caso, la participación electoral (de los sectores populares y de los otros) no debe ser pensada como un ideal en sí misma. En este sentido, es tan importante que se participe más, como mejorar la capacidad de aquella participación (los sistemas clientelares producen alta participación electoral, pero mala representación política).

Por esto mismo, no se puede pensar (ni modelar estadísticamente) la relación entre participación electoral y nivel socioeconómico de modo lineal. Es por esta razón que quienes lo han hecho, obtienen resultados contrapuestos, dependiendo, entre otras cosas, de qué comunas deciden integrar a la muestra (solo las urbanas, en que se constata la presencia de un sesgo de clase; o todas, en que el sesgo de clase desaparece).

Esta columna aborda los casos de dos zonas en las que estamos desarrollando investigación académica: un sector de la zona sur de Santiago y otro ubicado en los alrededores de Temuco. Pese a que ambos sectores poseen condiciones de vida similares en términos socioeconómicos, sus poblaciones tienen una participación electoral muy diferente: votan muy poco en el sur Santiago y mucho (en términos proporcionales, y comparados con el resto del país) cerca de Temuco. Lo interesante es que esos diferentes niveles de participación electoral generan un mismo resultado: reproducen un sistema ilegítimo, pero estable. Esta columna busca dar cuenta de los mecanismos que están detrás de esa confluencia.

CALUGA O MENTA

Una de las escenas más memorables del cine chileno es el diálogo de una autoridad municipal con cuatro muchachos reunidos en el sitio eriazo de uno de los tantos barrios marginales de Santiago. De impecable traje negro y rodeado de asesores, la autoridad pide la opinión de los jóvenes para instalar una plaza con juegos infantiles. Sin recibir el entusiasmo que esperaba, él y sus asesores se retiran del lugar, mientras los protagonistas se mantienen ahí, drogados e inmóviles. Esta escena, que pertenece a la película Caluga o Menta, termina con una de las frases más icónicas de la crítica social del país “Ahora recién se acuerdan de los locos, ahora que nos volvimos locos”.

Dado que ningún partido posee una penetración territorial en zonas populares, la baja participación electoral termina funcionando como un seguro para elites políticas, viejas y nuevas”.

Las políticas de segregación social y habitacional intensificadas durante la dictadura, dieron lugar a la conformación de guetos en las periferias de Santiago, Concepción y Valparaíso. Estos guetos, a diferencia de poblaciones históricas y con alta densidad de trabajo social y político (como la población La Victoria), fueron creados y reproducidos sin organización, una especie de repositorio de personas provenientes de diferentes lugares, sin identidad común y con evidentes condiciones de hacinamiento.

La realidad que se muestra en esta escena de principios de los ‘90 no es muy diferente a la que hoy presenciamos en muchos sectores urbanos del país. Eso sí, los políticos de los ‘90 sabían que invertir en juegos infantiles implicaba un doble riesgo: las cañerías que se utilizan en la estructura de esos juegos pueden rápidamente transformarse en “hechizas”, y así, el juego infantil terminaba rápidamente desbaratado (hoy, el armamento profesional del que disponen las bandas que operan en estos sectores garantiza que los juegos no se rompan tanto, aunque probablemente sean menos los niños que hoy salgan a la calle a jugar).

También, con el transcurso del tiempo, y de acuerdo a la investigación que estamos desarrollando en sectores periféricos del sur de Santiago, las poblaciones históricas han ido asumiendo pautas de funcionamiento similares a las observadas en los guetos urbanos. En ese tránsito, la erosión de la organización política y social ha dejado un vacío que han ido llenando dos tipos de organización: las bandas de crimen organizado y las iglesias evangélicas.

Uno de los principales capitales de las organizaciones evangélicas (la capacidad de rehabilitar jóvenes y adictos) lo genera la propia acción de las bandas.

“JUSTIFICAR AL NARCO”

Al conversar con familias que habitan en estas zonas, rápidamente emergen tres discursos aparentemente contrapuestos. Por un lado, quienes tienen jóvenes a su cargo, se muestran desesperados por evitar que caigan en la droga (como consumidores o como partícipes de la red criminal). Si bien la preocupación por la seguridad pública también es relevante en este discurso, lo más importante, lógicamente, es hacer todo lo posible para intentar salvar a los jóvenes.

El descontento sigue latiendo, pero desarticulado. Probablemente quienes definan la próxima elección sean una minoría de aquellos con derecho a voto”.

Por otro lado, aunque les teman, los pobladores también justifican a las organizaciones criminales. En un contexto como las poblaciones del sur de Santiago, estas organizaciones muchas veces proveen bienes públicos fundamentales. Al dominar una zona, pueden reducir y controlar los niveles de violencia. También proveen empleo y mayores ingresos (y lo hacen más rápidamente) que los que provee la economía formal, especialmente para trabajadores que son estigmatizados por su procedencia social y que son portadores de un bajo capital educativo.

En algunos sectores, las bandas financian bonos dieciocheros y aguinaldos navideños. También pagan medicamentos, y entierros; cuando no entregan cifras insólitas por ocupar una propiedad, invendible de cualquier otro modo, para almacenar mercadería.

La participación electoral no debe ser pensada como un ideal en sí misma. Es tan importante que se participe más, como mejorar la capacidad de esa participación de representar”.

Finalmente, el tercer discurso que emerge atañe a la institucionalidad formal.

Lo interesante es que la legitimidad que las bandas pueden llegar a obtener en estos sectores se genera también por oposición a la que hoy poseen los políticos (de izquierda, derecha y centro; nuevos y viejos), los empresarios, Carabineros, la Iglesia Católica, el sistema de justicia, los sistemas de salud y educación y un largo ETC. Todos “nos abandonaron”, todos “son ladrones”, todos “nos han cagao”. Marginalmente, algunos políticos locales escapan al “todos”. Por ahora.

En las pasadas elecciones municipales, en las mesas correspondientes a los sectores en que están teniendo lugar nuestras entrevistas, votó entre un 22% y un 27% del electorado.

POLITICA EN ZONAS RURALES

Hay distintas maneras de realizar un viaje desde Concepción a Temuco. Una de ellas es bordear la cordillera de Nahuelbuta hasta Purén. Desde ahí usted puede seguir los caminos alternativos cruzando distintos pueblos del interior de la Araucanía. La primera sensación que genera esta ruta, es la tristeza de hipotecar una de las cordilleras más majestuosas del país, por una lucrativa extracción forestal de pinos, álamos y eucaliptos. Este problema ha sido analizado y discutido por varios académicos del país. Los efectos de esta mono producción se constatan en la degradación de los suelos y en su escasa capacidad para resistir alzas de temperatura y contener la propagación de incendios forestales, como los del verano pasado.

Como en “Las armas de los débiles” de James Scott, los sectores populares utilizan una serie de estrategias para maximizar la extracción de recursos de los poderosos. Aquellos políticos que crean que están “convenciendo” a alguien, están muy equivocados. Y los partidos que crean que por tener un representante electo en el distrito son institucionalmente fuertes allí, están más perdidos aún”.

Sin embargo, el modelo de desarrollo de esta zona también ha provocado consecuencias demográficas, socioeconómicas y políticas, igual de preocupantes que la política habitacional en Santiago.

En lo demográfico se observa que la falta de espacios de cultivo ha generado el abandono del campo y la concentración poblacional de pueblos aledaños poco acondicionados para recibir nuevas personas. Estos flujos “campo-pueblo”, han generado condiciones de hacinamiento muy parecidas a las de cualquier emplazamiento marginal de la ciudad.

Actualmente, muchos de los habitantes de estos pueblos no disfrutan el idilio de un campo extendido; por el contrario, se enfrentan a la realidad de habitar en campamentos o, en el mejor de los casos, en viviendas sociales de 160 casas pareadas, de pequeñas superficies y alta densidad. Esta situación ha generado también la presencia de pequeñas bandas de microtráfico, robos y riñas, así como la estigmatización y falta de oportunidades laborales para buena parte de la población.

Precisamente la falta de oportunidades laborales es el segundo problema que deben enfrentar estos sectores. La industria forestal no es una actividad económica que produzca los empleos suficientes para absorber las necesidades de trabajo de la población. Tampoco es una actividad que genere externalidades de desarrollo en las zonas aledañas. Paradójicamente muchas de las familias que habitan en pueblos catalogados como “forestales” tienen formas de sustento muy alejadas de la industria.

En esto hay dos fenómenos reconocibles. El primero es el envejecimiento de la población producto de la migración juvenil. Los datos migratorios demuestran que muchas comunas rurales tienen una proyección negativa de población, fenómeno que ha provocado incluso el vaciamiento de algunas escuelas rurales por falta de estudiantes y profesores.

Por otro lado, muchos de quienes se quedan habitando aquellas zonas, tampoco trabajan en sus pueblos. La absorción de hombres adultos jóvenes a labores de extracción minera en el norte, es una de las pocas alternativas de trabajo para los habitantes de los pueblos del sur. No son pocos los padres de familia que toman buses interurbanos hacia Santiago, para luego embarcar hacia campamentos mineros del norte. La propia inestabilidad de estos trabajos no da pie a un traslado familiar hacia sectores con más oportunidades. Lo que genera son dinámicas familiares en que mujeres jóvenes, usualmente no trabajadoras, deben asumir toda la responsabilidad de ancianos y niños, hipotecando su desarrollo personal y posibilidades de movilidad a futuro.

En condiciones de envejecimiento de los habitantes, con fuerte presencia de hogares femeninos y mono-parentales, y con cada vez mayor concentración de una población portadora de múltiples necesidades, se refuerzan actividades de movilización centradas en la gestión de favores. En ese contexto, no hay ni movilización programática ni partidaria. La gente descree de “los políticos”, como en casi todo Chile, pero se relaciona con “su diputada o diputado”.

Las poblaciones históricas (como La Victoria) han ido asumiendo pautas de funcionamiento similares a los guetos urbanos. El vacío dejado por la organización política ha sido llenado por bandas de crimen organizado e iglesias evangélicas”.

Nominalmente, el político local es “todo” el partido. Así, cuando preguntamos por las oficinas del partido en un distrito eminentemente rural, la respuesta de la secretaria del parlamentario fue decidora: «Claro… sí tenemos oficina del partido…» « ¿Dónde?» – preguntamos ingenuamente– «…Aquí pues, muchachitos».

Mientras en las ciudades la asociatividad ha decaído producto del crimen organizado y de la fragmentación social, en las zonas rurales ésta perdura y permite el desarrollo de organizaciones que, sin embargo, terminan siendo instrumentales para la movilización de electores. En efecto, la agenda de los políticos locales está copada de actividades con dirigentes de organizaciones funcionales como las juntas de vecinos, comité de vivienda, agua potable rural, allegados, adultos mayor, etc. Análisis preliminares de nuestra investigación indican que cerca del 38% de las actividades territoriales de los actores políticos son realizadas en conjunto con organizaciones territoriales y 40% con grupos localizados pero no organizados.

En este contexto, un político cuenta, pues, con un variado menú de actividades a realizar: inauguraciones de obras, reuniones con vecinos, eventos, bingos, fiestas pueblerinas. Todo esto es parte del trabajo que realizan alcaldes, concejales y parlamentarios. Este tipo de acción política genera cercanía y un trabajo permanente que se desarrolla todo el tiempo, no solo, ni principalmente, en época electoral. En sectores pobres rurales, mujeres y ancianos constituyen el principal objetivo de la movilización política.

De esta forma, la debilidad de los partidos en el territorio y las labores de intermediación, dejan la actividad política a merced del personalismo de las autoridades locales y distritales. Eso lo reconocen muy bien los dirigentes de las organizaciones territoriales. “«Mire caballero…en estas cosas hay tres alternativas… mirar para la izquierda, mirar para la derecha o mirar al frente… Yo miro al frente, me lo enseñó mi abuelita, es bueno, porque así puedo mirar a la derecha o a la izquierda cuando es importante para nosotros», nos comentó una de estas dirigentas.

Aunque anémicos, los partidos sí siguen siendo relevantes para la articulación de redes de intermediación de favores. Los cargos de elección popular, así como los puestos burocráticos, generan a los políticos la capacidad de llegar a dichos sectores con recursos. Redes de cargos tanto de elección popular como dentro de la burocracia es, en cambio, el principal instrumento para llegar a ellos con recursos.

Una conexión habitual –incluso muchas veces familiar- es la dinámica vertical de senadores, diputados, alcaldes y concejales. Cada uno maneja sus propias acciones, pero también cada uno depende de las capacidades de gestión y movilización del otro.

Los parlamentarios, por ejemplo, negocian con los alcaldes pero también trabajan fuertemente en patrocinar concejales que los pueden ayudar a intermediar las necesidades del votante. La razón por la que un concejal es un engranaje importante dentro de la dinámica política local, es porque se trata de una de las pocas entradas a las decisiones y gestiones de los municipios. Los concejales (y ahora también los consejeros regionales) suelen ser el nexo con las organizaciones comunitarias. De esta forma, se transforman en gestores políticos e intermediarios de demandas de la población, así como asesores formales o informales del parlamentario.

La vigencia de estos aparatos políticos centrados en la gestión de favores resultan claves, también, al momento de la movilización electoral. Por esta razón es que en sectores rurales los pobres votan proporcionalmente mucho más que en el resto del país. A diferencia de las ciudades más densamente pobladas, en que la participación suele no sobrepasar el 30%, los sectores rurales tienen una tasa de participación cercana al 50%. Entonces, si bien hay menos votantes en los sectores rurales, esos votantes, al participar mucho más que sus pares urbanos, se vuelven potencialmente más importantes para definir una elección.

En esta elección se volverá a hablar mucho de participación electoral, y de los bajísimos niveles que Chile posee en términos comparativos. También volveremos a escuchar sobre la posibilidad de restituir la obligatoriedad del voto.

Compartiendo la preocupación respecto a la baja participación electoral, queremos subrayar que lo importante no es solo cuánto se participa, sino cómo y bajo qué lógicas se obtiene la participación electoral. Asumir que la realidad social es lineal, que distintos sectores sociales comparten una racionalidad unificada, y que la misma lógica opera en todo el territorio, nubla el análisis y la estrategia política.

Para ser claros, todos somos racionales, pero operamos en contextos diferentes. Quienes justifican al narco de la esquina no son ni inmorales, ni irracionales. Tampoco lo son quienes utilizan al político para satisfacer sus necesidades más inmediatas, a cambio de dejarse “acarrear” una vez cada cuatro años.

Quienes tenemos la suerte de desconocer mucho de lo que sucede hoy en los sectores populares, usualmente sobre- analizamos los posibles resultados de los cabildeos de la elite. Estamos como el borracho que busca la llave bajo el farol, no porque sea allí donde se le cayó el llavero, sino porque bajo el farol hay luz.

Los políticos (fundamentalmente los nuevos) también parecen asumir que intentar generar adhesión vía redes sociales y apariciones en los medios es suficiente. Y en el contexto actual, tal vez alcance hasta para ganar una elección.

Seguramente, no obstante, dicha estrategia se quede corta para construir la legitimidad y la densidad programática y organizacional que se requiere para poder gobernar bien.

ClariNet