DESAFIOS-FA

Cabe preguntarse, si el Frente
Amplio es capaz de levantar un
proyecto contra-hegemónico
más allá de las consignas anti
neoliberales, que permita darle
dirección a este nuevo proyecto.

Por Luis Vivero Arriagada*

Una de las cuestiones básicas, para comprender lo que Antonio Gramsci entiende por hegemonía, es identificar como se configura el bloque histórico dominante. Esto no es del todo fácil, pues no se trata solo de una simple alianza de clases, sino que existiría un cuerpo ideo-filosófico que sostiene y le da sentido a ese proyecto, que le permite por un lado una dirección social, y por otro la coerción que permite el control.

En términos gramscianos, podríamos decir que el neoliberalismo ha sido el cemento ideológico de las clases dirigentes y como tal, han desarrollado diversas estrategias, para propagar su concepción de mundo y a la vez mantener su dominio.

Esto ha sido posible, entre otros factores, por las profundas transformaciones en las relaciones de fuerza sociopolítica a nivel internacional, que comenzaron a desplegarse a mediados del siglo XX, y en el caso de Chile con mayor profundidad a  partir de inicios de la década de 1970. Pero además,  esa matriz ideo-filosófica, es nutrida y reproducida por un grupo selecto de intelectuales orgánicos y de cuadros medios, que se encargan de la difusión y reproducción en los distintos segmentos de la sociedad.

La crisis de la política y la apariencia de una sociedad despolitizada que hoy se difunde como una realidad imposible de cambiar (esto les conviene a las elites) tiene que ver con la instalación de  esta ideología de carácter utópica, la cual Moulian lo describe de manera muy clara en su fabulosa obra “El Chile Actual”(1997).

Este tipo de política a-ideológica y “despolitizada”, no contiene proyecto, sino más bien es la petrificación absoluta del presente inmediato. Solo vale el aquí y el ahora. Pero aún más que eso,  un solipsismo radical, un pragmatismo radical que  se manifiesta en los diversos ámbitos de la vida cotidiana. Una naturalización absoluta, del individualismo. Un desprecio por lo colectivo, una insensibilidad por los y las otras personas que conforman mi mundo inmediato.

La cuestión entonces, es bajo qué condiciones materiales y subjetivas, se organiza una alternativa contra-hegemónica que le pueda disputar no solo el poder, a la clase dirigente, sino que lo más importante, instalar una nueva visión de mundo. Entonces cabe preguntarse, si el Frente Amplio es capaz de levantar un proyecto contra-hegemónico más allá de las consignas anti neoliberales, que permita darle dirección a este nuevo proyecto.

El principal objeto de reflexión de Gramsci, es el problema del poder, haciendo una gran innovación a la teoría política del siglo XX. Para Gramsci, el poder no es una cosa que está dada o al cual se puede acceder con facilidad, sino que éste se manifiesta en complejas relaciones intersubjetivas.  En tal sentido, el poder está dado por la hegemonía cultural que logran las clases dominantes, por medio del control del sistema educativo, las instituciones religiosas y los medios de comunicación de masas.

Pues bien, en el sentido gramsciano, no se trata simplemente – ni  fácilmente – de proponer un nuevo modelo de sociedad. Para ello, se requiere de un cambio moral y cultural. Es decir, una reforma cultural y  moral, que por ningún motivo  debe ser una cuestión de carácter individual, sino que debe generarse como un proceso colectivo, una sociedad colectiva que se transforma.

Dicho lo anterior, nos parece que la alternativa del Frente Amplios, en términos subjetivos  (y particularmente discursivos) estaría representando una  nueva visión de mundo,  en oposición a lo que se impuso bajo los fundamentos de la contrarrevolución neoliberal.

Sin embargo, nos parece que no basta las consignas anti neoliberales, sino que es de suyo necesario, tener algunas cuestiones de base, y sobre todo de coherencia en el proyecto político, más allá de la figura de Beatriz Sánchez o Alberto Mayol. Al respecto, nos parecen necesarias algunas definiciones que deben ser  expresadas con claridad y coherencia:

1. Plantear con claridad cuáles son las diferencias ideológicas de fondo con el modelo hegemónico y dominante y, cómo ello se materializa en un proyecto político.

2. Definir el proyecto económico, social y cultural que se pretende implementar.

3. En lo económico, definirse si es un proyecto de tipo keynesiano, o un proyecto socialista. Cualquiera de estas alternativas puede ser válida, pero debe ser sobre la base de definiciones colectivas y transmitidas con una mínima coherencia y claridad.

4. Desplegar un trabajo de base, que permita por un lado difundir el nuevo proyecto de sociedad, y por otro ir formando los cuadros intelectuales orgánicos de este nuevo bloque en construcción.

5. Lo anterior permitiría ir reconociendo cuáles son las condiciones materiales y subjetivas que permitirían implementar un nuevo modelo, y el nivel de respaldo que ello requiere para que se pueda sostener en términos políticos, económicos e institucionales.

Pues bien, como se ha planteado, la hegemonía tiene que ver con la capacidad del bloque histórico para constituirse en clases dirigentes. Ello implica  la capacidad de dirección y control que tendría la sociedad civil respecto de la sociedad política, la cual le permitiría asumir el control del Estado. Para que las clases subalternas logren hacerse de tal hegemonía, deben lograr consolidar un campo ideológico, que le permita una reforma intelectual y moral, adaptar nuevos conocimientos y nuevos métodos, es decir, una nueva filosofía, que sustente una nueva sociedad.

Pero esa reforma moral y cultural no puede ser una abstracción filosófica, sino que debe plasmarse en una forma de relacionarse al interior del nuevo bloque que supere las lógicas de los partidos tradicionales que representan los intereses de las elites. No es convincente que se esté hablando de un nuevo proyecto de sociedad, cuando en la pragmática política interna, se sigan repitiendo las mismas lógicas de los partidos clásicos. 

Es una práctica que no es fácil superar, porque  la forma de hacer política instrumental y con cálculos inmediatistas, personalistas y egoístas, es lo que ha dominado este campo en los últimos 30 años. Por ello, esta reforma moral y cultural, debe expresarse en una cultura política, que  dé cuenta de una nueva moral.

Sin duda y necesariamente deberán hacerse definiciones respecto a las conducciones políticas orgánicas, de las alianzas internas para definir quiénes son los mejores y las mejores alternativas para disputarle el poder al duopolio dominante. Pero esto no puede transformarse en un triste espectáculo, en que primen los intereses y pugnas internas, y el proyecto colectivo pasa a segundo orden, y termine todo esto siendo no más que un discurso retórico, o una vil propaganda del marketing político que ya conocemos.

El Frente Amplio debe constituirse en una alternativa moral y cultural, y para ello requiere una constante reflexión crítica, que permita corregir rápidamente los errores que se han cometido.  Por ejemplo, no puede volver a repetirse esas contradicciones e indefiniciones que se vieron en el programa “Mejor Hablar (TVN, 24 de abril). Más allá de las diferencias, se espera una claridad respecto del proyecto colectivo, el proyecto político, económico y cultural de fondo.

En poco tiempo, esta nueva alternativa que representa el Frente Amplio, se ha ido posicionando comunicacionalmente, pero aún falta consolidarse en la base social. Aún falta que se vaya construyendo un proceso socio-educativo en la base social. 

En el estricto sentido gramsciano, está el desafío de conformar y consolidar un cuerpo de intelectuales orgánicos de este proyecto contra hegemónico. Si las elites han logrado la hegemonía cultural, por medio del control del sistema educativo, las instituciones religiosas y los medios de comunicación de masas,  el desafío es cómo entramos y de qué forma a disputar esos espacios  y se difundo una nueva pragmática, una nueva cultura y  una moral distinta.

*Trabajador Social, Académico e Investigador

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