DESEQUILIBRIO

Con la llegada de la
democracia, hace casi
treinta años, se acabó el
pluralismo informativo en
el país. ¿Podría haber
algo más contradictorio
y chocante?

Por Lidia Baltra

Pero es así: la concentración de medios en Chile supera el promedio latinoamericano, con un 90 %, contra un 80 % en los países del subcontinente.

El conservadurismo y neoliberalismo controlan los medios más importantes y, por lo tanto, sus propietarios los utilizan para difundir su mensaje hegemónico: aquel que les permite mantener y fortalecer el statu quo. Son grupos económicos fuertes provenientes de la minería y la banca. Veamos:

La prensa escrita está en manos del duopolio El Mercurio-Copesa. El primero con su cadena de 23 diarios regionales, el segundo, con su red vertical que abarca desde La Tercera hasta una cadena de emisoras. 98 % de concentración.

Hay un tercer grupo, el grupo Metro, con diarios gratuitos, que ha ido perdiendo su importancia porque varios han cerrado.

En radios, las cerca de 200 emisoras pertenecen a tres grupos económicos: el español Prisa, el chileno Dial (Copesa) y el Luksic. Concentración: 84 %.

En televisión, de seis canales abiertos nacionales, sólo uno es público o pretende serlo Televisión Nacional de Chile (TVN), con la posibilidad de difundir las voces de todos los chilenos.  Y los otros cinco: Mega, UC-TV (Canal 13), Chilevisión, La Red y UCV-TV son de propiedad privada,  de los grupos nacionales Bethia (Falabella) y Luksic y de las corporaciones extranjeras Time Warner (de AT & T), Albavisión y GCO (Disney en Chile). Concentración: alrededor del 90%.

Para los políticos de derecha, esta situación corresponde a la de un Estado democrático, liberal, con plena libertad de expresión y también – principalmente – de empresa y de comercio. Y la defienden en todos los foros con el respaldo de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).

El que los medios estén al vaivén del mercado les parece la situación ideal.

Pero aquí es donde se produce la desigualdad: el que tiene más poder económico, compra y maneja más medios que difundan su mensaje único en lo político y económico. Y esto se agrava porque cuentan con el respaldo del sistema mediático mundial,  manejado por grandes corporaciones que ya han puesto su garra en nuestro país.

Para los que somos de izquierda y centroizquierda, que representamos el pensamiento de la mayoría de los ciudadanos, los medios deben ser un arcoíris y representar las voces múltiples de los múltiples actores de la sociedad. Con su diversidad cultural e ideológica. Modelo que desde hace tiempo está silenciado en nuestro país.

Pero no siempre ha sido así.

Ni siquiera en dictadura hubo tanta voz monocorde como hoy. Pese a la dominación implacable de los primeros años, en el fragor de la resistencia surgieron medios a combatir en el campo de las ideas, tímidamente primero como revista Apsi, con noticias internacionales únicamente; buscando el alero de la Iglesia Católica y universitario después, como Análisis; y recurriendo a subterfugios como comprar la marca de antiguos periódicos fuera de circulación (para evitar la pre-censura o la obligación de pedir autorización para editar un nuevo medio), como el Fortín Mapocho.

A raíz de un somero análisis que hice de la prensa chilena, [1]  buscando el equilibrio entre las distintas posiciones que pregonan, llegué a un balance de diarios y revistas escritas que exhibimos en la Biblioteca Nacional para el cincuentenario del Colegio de Periodistas. Presenté un gráfico con los diarios nacionales y las revistas de actualidad noticiosa desde 1956 (fecha de la creación del Colegio de Periodistas) hasta 2006. Allí se ve claramente cómo los medios de derecha, centro y de izquierda se equiparaban hasta 1973, fecha del golpe militar. Y así llegué a esta conclusión: nunca hubo más pluralismo en los medios que durante la Unidad Popular.

A partir del golpe, como era de esperar en una dictadura férrea como la que sufrimos, durante diez años dominan sin contrapeso los medios de comunicación de derecha… hasta que en 1984, en plena dictadura, nace Fortín Mapocho y dos años después, surge La Época, de centroizquierda ambos, aunque con distintos énfasis (el primero más hacia la izquierda). En cuanto a revistas, después del golpe quedaron las mismas 4 de derecha,  y  ninguna de izquierda… pero poco a poco fueron levantándose 3 de centroizquierda y 3 de izquierda, de precaria circulación.

¿Cómo se explica que esto pudiera ocurrir en plena dictadura? Como la distribución estaba exclusivamente en manos de la empresa La Nación, el diario de gobierno que entonces manejaba la dictadura civil-militar, era difícil hacer llegar nuestra prensa escrita a la ciudadanía. Tenían poca circulación, de modo que al dictador no le costó nada permitirlas – aunque con severas censuras permanente o esporádicamente -, para mejorar su imagen ante el mundo.

Por lo demás, la televisión estaba totalmente doblegada a su favor y con esto tenía más que suficiente. Sin embargo, nos sentimos contentos e ilusionados cuando a fines de la dictadura, en la época del plebiscito, y hasta comienzos del regreso a la democracia, en 1990, había sólo 2 revistas de derecha y 9 de centroizquierda e izquierda. Esto significa que hasta bajo dictadura tuvimos más pluralismo en la prensa escrita que hoy.

Pero poco a poco, el panorama cambia. Con la política de comunicaciones neoliberal de los gobiernos de la Concertación que hasta hoy se mantiene y que entrega los medios a los vaivenes del mercado, fueron desapareciendo los diarios La Época, El Metropolitano, Diario Siete y Diario Uno; y las revistas Apsi, Análisis, Cauce y Fortín Mapocho,  Página Abierta, La Huella, Plan B, Siete + 7. Y en televisión, el panorama sólo mejoró con la conducción pluralista de Televisión Nacional (con un pluralismo limitado a la representación parlamentaria), pero los otros cinco canales abiertos continuaron en manos privadas, con su mensaje conservador-neoliberal.

La última revista de actualidad noticiosa en desaparecer por falta de apoyo de publicidad del Estado – dedicada en un 80 % a los medios escritos de la derecha – fue Punto Final, que – con leves interregnos bajo dictadura –  había logrado sobrevivir desde su creación en 1965. Y también cayeron dos de derecha: Paula, aunque ésta fue absorbida como suplemento dominical por La Tercera, y Que Pasa, del mismo grupo Copesa.

¿Cuál es el panorama de medios hoy?

El sector progresista chileno no se ve representado hoy en ningún diario y solamente le quedan los periódicos quincenales o mensuales Cambio 21, El Ciudadano, The Clinic (de línea zigzagueante) y Le Monde Diplomatique. En televisión, seguimos contando sólo con el mínimo pluralismo que nos puede brindar Televisión Nacional, el canal que debiera ser público.

Algunos podrían pensar que esta situación se  podría compensar con el avance del periodismo digital, ya que muchos medios al cerrar sus páginas de papel se quedaron en el ciberespacio, como La Nación cuando fue cerrada en el primer gobierno de Piñera, o El Siglo recién este año. Pero tampoco es un espacio abierto a las distintas opciones porque un diario digital cada día requiere más publicidad para su mantenimiento. Y además, sabemos que la libertad en Internet no existe, que estamos todos controlados y vigilados por el Hermano Mayor. Pero esta es otra historia, otra triste historia que queda pendiente.

[1] Para mi libro “La prensa chilena en la encrucijada” (Lom, 2012),

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