PASCUALA-ARAYA

Pascuala Araya: Testigo
de sueños y dolores en
el periodismo chileno.

Por María del Pilar Clemente

Pascuala Araya fue más que una secretaria contable.

Durante los cincuenta años que se desempeñó en la sede gremial de la calle Amunátegui 31, se convirtió en colaboradora, amiga y hasta en mamá “postiza” de los numerosos reporteros, fotógrafos, estudiantes y profesionales que deambularon por los ocho pisos de aquel histórico edificio de Santiago.

Todo comenzó al leer un aviso en 1963. El Círculo de Periodistas llamaba a concurso para un cargo administrativo de alta responsabilidad.

Atraída por el prestigio de Juan Emilio Pacull, se presentó junto a otras treinta postulantes. Entonces, el gremio vivía el impulso fundacional. Con bombos y platillos, el presidente Carlos Ibáñez del Campo había inaugurado el edificio en 1959. Así, Pascuala se sintió orgullosa al quedar seleccionada. A sus treinta años, estaba casada, tenía dos hijos pequeños y se le abría un gran futuro.

Contaba con sus dos hermanas mayores, María y Chela, que la ayudaban en todo. Comenzó su jornada laboral vestida con un traje sastre, zapatos altos y sus gafas doradas.

Para entonces, las primeras generaciones de periodistas titulados en las universidades de Chile, la PUC y de la Universidad de Concepción se hacían notar no solo en el gremio, sino que también en las bullentes radioemisoras, diarios, revistas y la “recién nacida” televisión.

Todas las jóvenes aspiraban a emular a la entrevistadora política Lenka Franulic o seguían a las pioneras de Ecran, María Romero y Marina de Navasal.

Los viajeros soñaban con el éxito de Tito Mundt o de Mario Planet. Nadie se perdía los comentarios de Luis Hernández Parker en la radio Minería. Todos leían a Daniel de la Vega o se reunían en el edificio con Guillermo Blanco, René Silva Espejo, Ernesto Montenegro, Román Alegría, Miguel Arteche o Mario Gómez López.

Ser miembro del Círculo y del Colegio era el paso obligado de los egresados.

En Amunategui 31, las visitas internacionales y las ceremonias eran pan de todos los días. En esos años, Pascuala recordó haber recibido a una delegación china que obsequió cristales y marfiles a la sede. “Ser periodista era muy respetado. Todo era moderno, se vivía mucha unidad y deseos de construir”, evoca Pascuala.

Cada piso, una historia

Los rincones de aquel edificio se convirtieron en su segundo hogar. Recorre con su mente los tiempos de esplendor. En el subterráneo estaba (aun sigue allí) el bar “La Taberna”, informalmente llamado “El Hoyo”. Era la cita típica de los bohemios reporteros y artistas de los 60’. El toque de vanguardia lo daban tres infografías donadas por el fotógrafo Raúl Barrientos. Las imágenes del cerro Tronador, el muelle de Lota y la cordillera fueron mudos testigos de “los arreglos del mundo” que allí se hacían.  

Se juntaban también los actores del teatro Camilo Henríquez, situado en el primer piso. El nombre del auditorio fue una forma de honrar al fundador de la “Aurora de Chile”, el primer periódico nacional. En 1960 fue inaugurado con el musical “La pérgola de las flores”, escrito por Isidora Aguirre y Francisco Flores del Campo. Todo un éxito, que ahora forma parte de la identidad chilena.

En el segundo piso se encontraba un restaurante dedicado a “nutrir” a los esforzados trabajadores de la prensa. El menú era tipo Club radical, con chanchos al horno, puré picante y bifes a lo pobre.

En el tercer piso funcionaban las oficinas del Círculo de periodistas y la biblioteca. Allí se reunían quienes buscaban noticias de archivo.

El cuarto nivel se destinaba a los beneficios de los socios: atención médica, sala de rayos, otorrino, oculista, dentista y peluquerías.

El epicentro gremial se concentraba en el quinto. Allí actuaban las directivas del Consejo Nacional y el Colegio de Periodistas, instancias en las que se analizaba la ética y responsabilidades de la profesión.

El diseño del sexto nivel era muy novedoso, ya que desde el ascensor se accedía a un vestíbulo decorado con una pileta en la que peces de colores nadaban entre plantas acuáticas.

En el séptimo nivel se hallaba una empresa dedicada a las maderas y bosques.  

A través de ella, se construirían entre 1971 y 1973 las cabañas de veraneo en El Tabo. La Villa Camilo Henríquez fue un ejemplo de trabajo colectivo. Los fondos se consiguieron con el hipódromo y el Club Hípico. Así, parte de las apuestas en las carreras de caballos fueron cedidas al proyecto. En esos años, era frecuente que los  sindicatos y gremios se organizaran para habilitar cabañas de veraneo en la costa central. Pascuala tenía la misión de ir cada mes a pagar los salarios de los obreros. “Lo pasábamos bien. Había mucha mística”, explica.

En las dependencias del octavo alojaban los colegas internacionales y los periodistas de provincia. En 1967 se fundó la Escuela de Periodismo de Antofagasta, lo que significó la presencia de las delegaciones nortinas, entre ellos, el destacado poeta y escritor Andrés Sabella. Quienes por alguna razón no tenían dónde pernoctar, encontraban asilo en el último piso.

La solidaridad después del Golpe

En 1973, después del Golpe de Estado, varios miembros perdieron sus empleos, otros fueron perseguidos o asesinados. Dada la prioridad de buscar a los desaparecidos o asistir a los cesantes, se generó un desorden administrativo.

En 1978 Pascuala denunció la mala gestión del tesorero del Círculo. Para evitar suspicacias, renunció. En menos de dos días, Octavio Neira vino a buscarla a su hogar para que asumiera el mismo cargo en el Colegio de Periodistas.

Llegó la década de los 80’ y con ella, las protestas a lo largo del país. “Todos se acercaban al edificio a ofrecer ayuda. Otros, para conversar un café en un lugar seguro. Había mucha solidaridad”.

Evoca con cariño a José (Pepe) Carrasco y al equipo que colaboraba en el boletín “Carta a los Periodistas”. Allí se consignaban las noticias que no se podían difundir en los medios oficiales.

Pascuala hace memoria: “Al atardecer iban llegando reporteros, familiares o personas interesadas en comprar los boletines. Yo me quedaba hasta altas horas, cuadrando la caja con las ventas del día. Pepe Carrasco siempre me decía que me fuera, que las calles eran peligrosas”. Parte de esos dineros los usaba para mantener bien provisto el botiquín, ya que los voluntarios que cubrían las noticias censuradas solían llegar “machucados”.

De aquel equipo, ella recuerda a Tati Penna, Pamela Jiles y Patricia Collyer.

Otra iniciativa de encuentro fue liderada por el estudiante, José “Gato” Ale, quien fundó la Asociación de Periodistas Jóvenes. “Los niños llegaban al anochecer y yo los atendía con pancitos calientes y café con leche”.

Tristemente, en 1986 Pepe Carrasco fue asesinado por funcionarios de la dictadura. Según Pascuala, su fantasma quedó rondando en el edificio junto al de Guillermo Gálvez, quien fue sacado con engaños desde “La Taberna” en 1976. “Una día, poco después de su muerte, se me estaba haciendo tarde y no me decidía a irme. Entonces, escuché ruidos en la oficina del lado. No había nadie. Me asusté, me puse el abrigo para salir y se cortó la luz. Fue uno de los grandes apagones que hubo en Santiago. Por suerte, el portero me acompañó hasta el paradero de buses. ¡No se veía nada en la Alameda!”

La energía de la democracia

 

Después del Plebiscito de 1988, se vivió un nuevo auge en el gremio periodístico.

Ella recuerda la gestión de Senen Conejeros, Guillermo Hormazábal y Alejandro Guillier. También, la presencia en el Metropolitano de José Alé, Rubén Andino, Paulino Ramirez, Francisco Jara y muchos otros que lideraron la gestión durante el retorno democrático. “Hubo más eventos, ceremonias, tributo a los periodistas caídos durante el régimen militar, concursos literarios, premios a profesionales destacados, campañas para inscribir socios. Pese al optimismo, tres factores oscurecieron el futuro:

1) La ley de 1981, que despojó a los colegios profesionales de control ético y laboral de sus miembros. Como ya no era obligación inscribirse, el interés por pertenecer a la entidad se fue dispersando. Pese a los esfuerzos, los socios permanentes fueron cada vez menos.

2) El exceso de universidades y carreras de periodismo de baja calidad, también afectó al gremio. Una de las grandes luchas durante la década de los 80’ fue limitar la cantidad de escuelas. Tal como lo vaticinaron, los sueldos bajaron y aumentó la cesantía. Como reflejo del fenómeno, uno de los primeros titulados de la generación 1953, Alejandro Cabrera, fundó el grupo “Caperusos”, cuyo significado era Comité amplio de periodistas universitarios sin ocupación segura. Sus miembros se juntaban a comer en el edificio de Amunategui. Entre buen humor y lamentos, organizaron varias actividades.

3) Los cambios tecnológicos y el cierre de varios medios de prensa. Muchos creyeron que con la democracia florecerían las comunicaciones. No ocurrió así. Revistas y periódicos de larga gestión contra el régimen militar como “Análisis”, “Apsi”, “La Bicicleta”, “Hoy”,  “Fortín Mapocho”, “La época” y otros, fueron agonizando lentamente. La llegada del cable televisivo, los clubes de video y la naciente internet, golpearon a la radiofonía a lo largo del país. Las salas de prensa de los medios oficiales se “achicaron”. Ingenieros comerciales y expertos en marketing reemplazaron al clásico relacionador público.

Numerosos veteranos del periodismo quedaron fuera del mercado.

Las sombras del nuevo siglo

Un hecho anecdótico simbolizó las sombras del futuro. La buena vista de la terraza del octavo piso siempre tuvo fama, En 1974, la inauguración de la torre de telecomunicaciones (Entel) abrió la oportunidad para organizar una nueva instancia de reunión periodística: Celebrar el año nuevo en la terraza, con el fin de disfrutar la espectacular pirotécnica de la torre.

Desde fines de los 80’, Pascuala apuntaba reservaciones desde noviembre. La llegada del siglo XXI puso un brusco fin a la tradición, pues un nuevo edificio de mayor altura bloqueó la vista. Coincidió con el advenimiento de las redes sociales y las websides en reemplazo de los informativos de papel. La efímera vanguardia de los video clubs también llegó a su fin. El individualismo y la “verdad a mi medida” reemplazaron la admiración por los periodistas.

Pascuala reflexiona: “Me apena que hoy la juventud no contribuya en nada al valioso ejemplo que entregaron los reporteros de la vieja guardia. Es triste ver la caída de algo que en su tiempo fue tan hermoso”.

Las sombras también llegaron a la vida personal de esta fiel secretaria contable.

Después de su jubilación, siguió trabajando en el gremio hasta que su salud se deterioró y tuvo que ser hospitalizada.

Luego, le tocó hacerse  cargo de las enfermedades de sus dos hermanas solteras, que tanto la habían apoyado.

Perdió su departamento en Ñuñoa, quedó agobiada por las deudas y con una situación laboral pendiente con el Colegio, la que todavía no se resuelve.

“Afortunadamente, mis niños salieron adelante y tienen sus familias. Vivo de allegada donde mi hija, ocupando un espacio que les falta a ella y a mi nieta, por sus ocupaciones y estudio. Aunque estoy dolida por la actitud y el trato recibido por parte de los dos últimos consejos metropolitanos, guardo un gran cariño al gremio periodístico donde tuve la oportunidad de cumplir no solo con mi trabajo, sino que también con mi vocación de asistente social”. Cincuenta años han quedado atrás y un nuevo amanecer sigue latente en Amunategui 31.

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