JARRDIN-TOLERANCIA

Espacios de debate político
como Tolerancia 0, por
nombrar uno de los ya
profusos y serializados
productos, buscan
establecer nuevas marcas
en los mercados
comunicacionales.

Un estilo, aun sin haber ingresado en la categoría del abierto terror, inaugura la tipología del agravio, la iniquidad, la ignominia. El espectáculo, y vale la pena verlo, es una nueva versión del ya superado reality, esta vez trasladado a la esfera política.

Los medios de comunicación, ya bien lo sabemos y lo sufrimos, devienen en un arma estratégica de primera línea para el mantenimiento y la reproducción del statu quo.

Como servicios, no siempre rentables pero sí muy apreciados, los medios están allí para reforzar comportamientos, acaso modelarlos y por cierto controlarlos cuando fuere necesario.

Estos medios, caballos de batalla de la inversión globalizada, según el clima político, social y las estrategias en marcha, cambian de su rol de vehículos de alienación a cultivar el terrorismo mediático.

Cuando las elites están en el poder, los medios afines o bajo su tutela ejercen la función de narcóticos o depresores, pero cuando lo pierden o lo ven amenazado, simplemente ejercen el terrorismo mediático, primera fase de otras formas de desestabilización democrática. 

Como aspectos permanentes están la confusión, los intereses personales y corporativos difundidos cual amor a la patria, el cultivo de la estupidez en todas sus constantes y variables, la frivolidad como marca garantizada, la despolitización como ideología política. En suma, la mentira en todas sus versiones y manifestaciones.

En una u otra de las funciones, los grandes medios hegemónicos que difunden, filtran y condicionan los contenidos a través de las redes sociales, desarrollan la narrativa del espectáculo, alimento precocinado para consumo de las básicas audiencias.

El drama, la comedia, sin duda el espectáculo en todas sus vertientes y matices, que hace de sí también el espectáculo de la política que en tiempos de elecciones alcanzan no sólo a los niveles de audiencia, sino experimentan nuevos estilos y géneros. 

Espacios de debate político como Tolerancia 0 (en CNN y Chilevisión, ambas cadenas del gigante transnacional TimeWarner), por nombrar uno de los ya profusos y serializados productos, buscan establecer nuevas marcas en los mercados comunicacionales. Un estilo, aun sin haber ingresado en la categoría del abierto terror, inaugura la tipología del agravio, la iniquidad, la ignominia. El espectáculo -y vale la pena verlo- es una nueva versión del ya superado reality, esta vez trasladado a la esfera política.

“El espacio televisivo en este tramo electoral se ha transformado en una especie de teatro de la humillación que, bajo el presupuesto de la información, la veracidad, la neutralidad (que no existe) construyen la figura de la o el periodista bajo la impronta heroica de una superioridad moral que ‘desnuda’ a su entrevistado o entrevistada”, escribió Diamela Eltit en una reciente columna en El Desconcierto. Un nuevo género, que podríamos denominar “periodismo tétrico”.

La política es objeto de corrupción. Pero no mucho más que la economía y otras esferas del poder, en la cual habitan y parasitan los medios. Son todos espacios funcionales al verdadero poder, bien expresado y amplificado por estos medios, que finalmente no ocultan sus preferencias.

El “teatro de la humillación”, bajo este presupuesto de la neutralidad, es parte de la campaña que se reproduce bajo esta falsa objetividad. El periodista, actor con un guión construidoy al servicio del poder, es pieza antagónica al protagonista político. Ambos, qué duda cabe, son parte del mismo juego de espectáculo de masas.

La televisión no es un reflejo de la realidad, un mero canal de mensajes: es la realidad en sí misma. Elaborada, sintética, artificial, pero finalmente realidad.

La fuerza de esta experiencia es tal, que estimula una maquinaria mediática que descifra e interpreta esta mirada. Así queda explicado el éxito de ventas de diarios como Las Últimas Noticias o La Cuarta, medios para los que sólo existe aquello que aparece en televisión, como si sólo aquello producido o canalizado por la TV tuviera propiedad. En algún momento parece que perdimos la noción que separaba el mundo de los medios y -si no la hemos perdido- lo que hemos hecho es una inversión: hemos puesto a los medios como nuestra principal referencia.

Ante esta nueva versión de los medios hegemónicos, la única posibilidad que nos queda es abrir la mirada y la conciencia. La maquinaria mediática dejó de ser objetiva, y hace mucho tiempo perdió esa aparente neutralidad. Sólo nos queda observarla en su única dimensión: el espectáculo.

ClariNet