JARDIN-MERCUCHO

De pronto, al pasar con rapidez
frente a uno de los escasos
sobrevivientes de los kioskos de
diarios capitalinos, da la impresión
de que el diarero se equivocó y
colgó el obituario del fúnebre y
luctuoso Mercucho, por delante.

Por Juan del Garrote

Pero no, es la primera página del engendro impreso que se confunde entre bolsas de mexicanos chetos y chocolates chatarra.

Horror de horrores, influencia malsana del cine gringo, es un recuento de muertos ambulantes, momificados cadáveres de ex ministros, diputados y senadores que alguna vez fueron algo. Como no tienen ya pulmones, solo respiran por la herida.

Un tal Baldo Prokurica, desde el fondo del Mausoleo de Renovación Nacional,  se rasga los vendajes. Está enojado porque  en su pensamiento tan groseramente falso y cínico, cree y proclama que en este país la justicia persigue a los militares. Pobrecitos ellos, que no los dejan entretenerse dando golpes de Estado.

Lo tiene anonadado en las sombras de su ataúd que Juanito Cheyre, a quien llama “brillante y honesto”, tenga problemas por unos cuantos fusilamientos en 1973. Le entrega toda, pero toda, su solidaridad para que se aferre a su pega en el Servel. Apenas pueda lo va a invitar a poner velitas en el altar que le hizo a San Pinochet y a su fiel monaguillo con navaja, el beato Manuel Contreras.  

Sigue la lista de animitas milagrosas (para su bolsillo). El obeso Insulzo patalea desafiante: “Yo opino lo que me parezca”. Y, generoso él, nos perdona la vida republicana: “No me siento obligado a declarar mi candidatura prematuramente”. Desde la galería resuena el grito: El obeso presidente”. Es natural, habla desde la animita junto a la canchita del Club Deportivo y Coimero, La Marraqueta Azul, que renueva directorio.

El encadenado fantasmón del pescador de sobornos, Jaime Orpis, tiene quien lo defienda, y lo hace un poquito más abajo en la primera página del obituario mercurial: “Entró a la cárcel y Chile no es más justo sino más hipócrita”. Habla desde el reino de los difuntos caminantes la pobre Ana Luisa, la esposa del senador encerrado. Tiene razón para enojarse, se quedó sin el billete para los gastos diarios, ni siquiera para ponerle un ramo de flores.

Al final, casi cayéndose, Carloncho Ominami se lamenta que los fiscales se las dan de gobernantes y no hacen justicia. Está picota porque sus tremendos pies no caben en el nicho. Tampoco se acuerda de que no es inocente, sino que la sacó gratis porque sus pillerías habían prescrito, que puede que no lo sepa, pero no es lo mismo. Rememora los alegres tiempos cuando proclamaba que el mercado es lo único que importa y por tan gran frase fue ministro de Economía. Viva el pasado.

Pobre Chilito, con tanto zombie curado y tan lejos del cielo. Cómo será que hasta la arrabalera y ojerosa Cecilia Pérez, ¿te acordás hermano de la grosera aquella?, salió a defender a su adorado Piraña. Todavía no sabe que su partido por la mitad, RN, agoniza. Sería bueno oírla hablar del tema o leer el obituario que publica el Cucho.

ClariNet