CARLOS-CERDA8

El magistrado que enfureció
a la Corte Suprema cuando
se negó a aplicar la Ley de
Amnistía y que procesó a
Augusto Pinochet y a toda
su familia en el Caso Riggs,
se va frustrado por la lenidad
de la Corte Suprema frente a
problemas políticas que
demanda su opinión.

En los 55 años que estuvo en el Poder Judicial, confiesa, se sintió solo. Pero lo salvó la fe.

Carlos Cerda Fernández, recién iniciada su carrera judicial, tuvo el temple de dictar un fallo en contra de su propio padre.

Durante la dictadura, se negó a aplicar la Ley de Amnistía a un caso por violaciones a los derechos humanos y adquirió notoriedad internacional. Fue castigado y casi expulsado del Poder Judicial y tuvo que rogar para que lo dejaran continuar su carrera. Más tarde, le correspondió interrogar a Augusto Pinochet por la aparición de millonarias cuentas en el banco Riggs y lo procesó junto a toda su familia, aunque más tarde la Corte Suprema, nuevamente, revocaría sus decisiones.

Tuvo que pasar mucha agua debajo de los puentes para que fuera finalmente nombrado, en 2014, como ministro de la Corte Suprema.

En esta entrevista exclusiva con The Clinic confiesa que durante mucho tiempo se sintió solo. Que hubo amenazas y atentados en su contra, cuya naturaleza prefiere no revelar. Y, aunque le han dolido los vacíos y desaires a su alrededor, no trepida en expresar sus últimas críticas a la Corte Suprema, por su lenidad a la hora de expresar su opinión política. De Dios, de Pinochet y de la soledad que vivió el Poder Judicial, estas son las últimas palabras del juez indómito.

Ministro, no es un secreto que costó mucho esfuerzo y voluntades para que fuera, finalmente, nombrado en la Corte Suprema, a pesar que había un juicio bien extendido de que lo merecía desde hacía tiempo. Alcanzó a estar cuatro años en el máximo tribunal ¿Valió la pena?


-En términos personales, ascender, no era una cosa que considerara necesaria. Ahora, es cierto también, que uno no es juez por y para sí mismo.

Uno se legitima en la medida en que se siente representante del pueblo en lo jurisdiccional. Esto quiere decir que uno sintoniza con el bien jurídico que la gran comunidad, conforme con los avances históricos, va exigiendo que se plasme en las decisiones. Es decir, que haya una coherencia entre el mandante, que es el pueblo que piensa, y la decisión jurisdiccional, que está tratando de poner esos valores en la resolución justa del caso concreto. Si esa decisión, que a mí me parece fundamental, está en la conciencia de un juez, sí, por supuesto, creo que era conveniente que yo estuviera en la Corte Suprema. Me daba cuenta de que había una voluntad importante de un sector, tal vez mayoritario -es difícil medirlo-, que esperaba que esa mirada pudiera estar allí. Yo creo que fue útil satisfacer un poco tanta frustración en lo valórico de la sociedad chilena contemporánea.


Uno entra a estas instituciones de carácter público con el propósito de comprometerse con una lucha de mayor y mejor justicia y en ese sentido, sí ha sido satisfactorio para mí. Creo que es lo que le da sentido a la vida. Uno no siempre ve frutos en las luchas que da, pero debo estar en conciencia tranquilo en que he dado la pelea, dentro de los marcos que corresponden a la civilización y a la paz, usando más la razón que la fuerza y la descalificación.

Ahora, me es mucho más difícil decir si a la sociedad yo pudiera darles pruebas positivas de estos cuatro años. Consecuente con lo que he dicho, podría decir que sí, pues he puesto los temas ahí. Pero lo que siento es que hay un vacío.

¿Qué vacíos?


-En Derechos Humanos, yo creo que estamos al debe en varios temas. En general, en el lenguaje de la última década, se concreta en el tema de las minorías -minorías, justamente, porque están más postergadas, menos protegidas-. Estoy pensando en los pueblos aborígenes; migrantes; en los niños, niñas y adolescentes; en los reclusos, presos, condenados; en los que han tenido dificultades con la identidad de género. Ahí, las igualdades y las libertades se han visto y se siguen viendo -aunque tal vez, haya algunos avances- muy resentidas hasta el día de hoy. Y, claro, es un deber del Estado que eso no sea así. Para mí, evidentemente, el Poder Judicial es el Estado de Chile. No se puede hablar del Poder Judicial, por un lado, y del Estado, por otro. Esto es muy importante y me parece de Perogrullo. Si no lo entiende alguien que es juez, y para qué decir si es juez de la Corte Suprema, ¡no sé cómo puede resolver los asuntos! Si es responsabilidad del Estado hacerse cargo de las garantías de esas minorías, entonces, es también responsabilidad del Poder Judicial.

Hay quehaceres que la Constitución Política de Chile le ha entregado al Poder Judicial. Te menciono uno: Tribunales de Familia. Antes teníamos los juzgados de menores. Hemos cambiado, y ahora tenemos procesos y tribunales nuevos y distintos. Entonces, si tú estableces Tribunales de Familia, tienes que disponer de las herramientas en la sociedad, en la estructura estatal para que, realmente, las decisiones que adoptas, puedan hacer que el niño, niña o adolescente de que se trata, se rehabilite, que es la única finalidad de toda la legislación atingente: la reinserción social del niño que, por distintas y variadas razones, está fuera de la sociedad y de sus estamentos primigenios —como son la maternidad, la paternidad; a veces no hay ni papá ni mamá y es la soledad misma—. Entonces, si es un hecho que como tribunal de familia no puedes cumplir con tu finalidad —y tenemos suficiente diagnóstico de que no hay ninguna garantía de eficacia en las decisiones que se están tomando—, ¿le incumbe o no ese problema al Poder Judicial? ¿Es correcto decirle a la sociedad chilena: “Miren nosotros, no obstante todo este avance en los Tribunales de Familia, no estamos cumpliendo lo que decidimos, porque eso no depende de nosotros”, porque el Sename, que fue una idea interesante, se quedó absolutamente sobrepasado.

¿No es un fracaso de la sociedad que haya un niño que llegue al Sename?

-Entonces falta atacar, como sociedad organizada, como Estado, esta temática y, el Poder Judicial, que, desde mi modesto punto de vista, tiene información privilegiada y ordenada sobre estos niños a través de su trabajo en los Tribunales de Familia, tiene suficientes elementos de juicio como para tomar la iniciativa y liderar, ante los restantes poderes, un trabajo conjunto ¿Por qué hemos de pensar que esta es una responsabilidad solo del Legislativo y Ejecutivo, si nos incumbe? ¿Que no es la propia Constitución vigente, la que define que tenemos no solo la facultad de conocer y resolver las causas civiles y criminales, sino que “de hacer ejecutar lo resuelto”? ¿Estamos respondiendo al mandato de ejercer cabal y cumplida administración de justicia? Si todos estamos conscientes de que no podemos cumplir con ese mandato, ¿No es nuestro deber, como Poder Judicial, empujar una solución responsable y con la información que tenemos, sin ningún temor a que estemos pasando por encima de la Constitución?

¿Cuál es la respuesta que dan sus colegas a esta pregunta?


-Hay distintas posturas. La postura clásica ha predominado, en el sentido de que la independencia del Poder Judicial impide entrometerse en esto y, en eso, claro, estamos divididos y lo que yo pienso ha sido minoritario. Seguramente, los que pensamos así no hemos sido capaces de persuadir o no hemos sido capaces de elaborar una estrategia adecuada. Pero, en fin, yo estoy convencido de que en todas estas materias tenemos una responsabilidad. Con los reclusos ocurre algo semejante: ellos están cumpliendo cautelares personales, que se llaman prisión de distintas formas o, simplemente, penas por decisiones nuestras y nosotros sabemos a donde van, a donde los mandamos.

¿A dónde?


-A presidios que, en verdad, no cumplen con el mandato. Así como ocurre con los niños, niñas y adolescentes, el Derecho Internacional vinculante en Chile, le da como finalidad a cualquier privación de libertad, dispuesta por el Estado, la reinserción social, la rehabilitación. Y yo te pregunto Alejandra y me pregunto a mí, Carlos Cerda, ¿piensas que en los sistemas carcelarios que tenemos, es posible aquello?

No. Y le pregunto a usted ¿es posible en algún sistema penal del mundo?


-No me consuela el contestarte que no lo sé, pero incluso si lo supiera y te dijera que no, eso no nos exime de buscar, entonces, otro, el que sea, porque es nuestro deber, sino todo el sistema penal fracasa. Como hay un sistema que no es capaz de enfrentar el tema de la inseguridad, entonces, el ideario político presupone: “Miren jueces, dejen (a los imputados) dentro, porque si dan la libertad, están afectando la seguridad”, pero es al revés.

¿Y esto no tendrá que ver con el tipo de sociedad que tenemos y que el Poder Judicial, difícilmente, puede modificar?


-Voy a partir por lo segundo. Yo no creo que el Poder Judicial, difícilmente, pueda influir en la modificación de una cultura. Estoy seguro de que el comportamiento de la jurisdicción —y esto está escrito, por lo demás, desde hace tiempo— es también educativa. Cada juez que sentencia tiene que darse cuenta de que no solo le está hablando a las partes, sino que le habla a la sociedad toda. Lo segundo es que es necesario, me parece a mí, que haya una convocatoria amplia, una mesa social, transversal donde estos temas se puedan discutir.

La soledad de Cerda


Tomando su idea de la labor pedagógica del juez, aquel gesto de no aplicar la Ley de Amnistía, que en su momento fue castigado y reprochado, pero luego se convirtió en sentido común ¿es un ejemplo de esta función?


-No me gusta a mí ponerme como ejemplo, pero, tratando de satisfacer tu pregunta, sinceramente creo que las situaciones excepcionales, a veces, los signos, los gestos, pasan a ser símbolos en sí mismos significantes y, por lo tanto, es per se formativo, educativo. Esa situación me tocó vivirla, por azar. Fue un privilegio, porque para eso uno es juez, pero me parece que la función pedagógica en circunstancias normales es muy importante. Hay muchas decisiones cotidianas que son formativas, por ejemplo, en materia de huelgas: que la Corte sostenga que es un derecho y que si por naturaleza significa la paralización de faenas, el empleador no puede contratar sustitutos, pone en la sociedad elementos que, evidentemente, son derroteros conductuales y, en ese sentido, educativos.


En Chile, cuando comienzan a surgir situaciones novedosas que va presentando la historia, que una pareja de homosexuales quiere adoptar y los tribunales dicen sí, aplicando el derecho, me parece que están ejerciendo el deber que tenemos, contrariamente a lo que dicen algunos que nos califican de “activistas judiciales”.

Usted ha sido testigo de los cambios que ha tenido el Poder Judicial y muchas situaciones ha vivido que, probablemente, se las ha reservado para usted mismo o para su entorno más cercano ¿Cómo ha sido para la persona Carlos Cerda transitar desde los tiempos de la democracia, por la dictadura, la transición, hasta el presente? ¿Qué recuerdos que algún momento tuvo que reservarse hoy nos puede contar?


-En todo ese tiempo, que son 55 años, me siento privilegiado. Que me haya tocado a mí ser juez probablemente en el periodo de la historia más negro para Chile; en un periodo donde se necesitaba ser juez, porque había que defender a ultranza los derechos fundamentales de las personas, y para qué hablar de la integridad física, la igualdad y la libertad de las personas, que constituyen el primer escalón de los deberes de un juez, tengo que dar las gracias.


Sobre cosas que fueron difíciles, te diría que mientras estuve investigando causas de derechos humanos, me sentí muy solo en la Corte de Apelaciones. No porque no hubiera excelentes compañeros, simpáticos, excelentes personas de las que puedes ser amigo, sino porque teníamos una visión distinta de lo que debía ser el nivel de compromiso de un juez, de entrega, diría yo, que me hacía sentir muy solo. Eso que cualquier cosa que hablaras sobre los derechos humanos, fuera considerado un lenguaje marxista. Yo fui relator de la Corte Suprema y después ministro de la Corte de Apelaciones, y me tocó ver todas las conductas de los ministros frente a los recursos de amparo, cosas muy sufrientes.

¿Cuál es su sensación actual?


Si me pego el salto al presente, me voy con la sensación de vacío, un poquito de impotencia, pena también que, yo creo, tiene dos causas. Una, tiene que ver con una cosa coyuntural: entré a la Corte Suprema hace tres presidencias, con Sergio Muñoz, que creo fue una excelente presidencia, atendida su personalidad avasalladora, capaz, superiorísimo a la media. Él hizo muchas cosas, porque es un bulldozer. Yo gocé ese periodo porque vi un Poder Judicial que en un año y medio o dos, se rejuvenecía, se ponía al día. Históricamente, fue magnífico. Entonces, entrar después a otros ritmos de mayor lentitud, que coincidieron además con periodos de menor apoyo económico al Poder Judicial, puede que haya influido en mi estado de ánimo.

La segunda causa es que en los hechos no veo hoy en la Corte Suprema una claridad en torno al rol que le corresponde como poder del Estado. Eso me desilusiona mucho.

Aparte de todo lo que he señalado, hay una cuestión casi previa y que es la absoluta insuficiencia, a mi juicio, del capítulo destinado al Poder Judicial en la Constitución Política del Estado. El gobierno recién pasado tenía en su programa una nueva Constitución y se nos se daba una posibilidad histórica de subirnos al carro del poder constituyente, que es de la sociedad toda. Pero, no obstante que han pasado más de cuatro años, no hay una definición en cuanto a que sea el Poder Judicial el que redacte ese capítulo y proponga una actualización al resto del Estado. Eso, a mi juicio, eso es algo que hay que hacer.

Ese capítulo tiene que ser concebido de otra manera y eso supone una conversación profunda, pero con especialistas, no solo chilenos, para darle al país una respuesta a nivel constitucional de lo que debe ser la justicia y ese tema la Corte Suprema no lo aborda. Está esperando que otros hagan una Constitución, que conciban cómo debe ser el Poder Judicial y que, después, se le pregunte a la Corte Suprema: “¿Le gusta este proyecto?” Y que ahí ella, sin ninguna participación, opine. Ese es un dolor. Tengo un sentimiento de vacío grande que, al mismo tiempo, es pena e impotencia.

¿Es decepción?


-Sí, porque hay aquí personas muy capaces, pero que no ven este aspecto más bien político. Y a mí me parece que es, por cierto, un grave error. En la justicia de Chile, hubo una mirada distinta del sistema a la mía que, en momentos, llegó a extremos y desembocó en las sanciones en todo ese periodo de la dictadura. Pero también la hubo cuando estaba en el Juzgado de Santa Cruz desde el ’68. Fue una constante en mis 55 años, que se me considerara diferente y eso influyó un poquitito en la opinión que se tenía de mí. Se podía pensar, y yo creo que di motivos para ello, seguramente, que era engreído, vanidoso, tal vez. No ha sido mi intención, pero, a veces uno no se da cuenta cómo hiere a las demás personas. Tal vez, por ser uno mismo, es prepotente.

Dios y Justicia


En los últimos años ha habido una evolución en la manera de pensar de los chilenos ¿usted ha evolucionado también, respecto de sus propias creencias? Se lo pregunto derechamente por la crisis de la Iglesia Católica. Usted, en algún momento, era considerado muy católico y observante.


-Tengo hoy más fe que nunca, no por gracia mía, sino porque parece que es cierto que es un regalo y a mí se me ha dado con tanta fuerza, como todas las cosas. Sigo creyendo en Dios. Creo que él está presente en nuestra vida, en la vida de todos, también en la de Augusto Pinochet. Un ser humano, con toda la riqueza de cualquier ser humano y al que yo no tengo derecho de juzgar, sino solo en la medida en que represento a la sociedad que me da su mandato a través de la ley, y es lo que he tratado de hacer siempre.

¿La fuente del Derecho es la biblia o la ley?


-La fuente del Derecho es la ley. Uno ha jurado aplicar la Constitución y la ley, dice en el artículo 6 de la misma Constitución. Antiguamente, se entendía que esa conformidad de la ley a la Constitución era puramente decir que se la publicó el Diario Oficial.

Un timbre…


-Exactamente. Pero, a partir de todos los descubrimientos de la justicia constitucional, en los treinta últimos años, se sabe que esa conformidad es también material. Es decir, yo no puedo entender fidelidad a una ley que ostensiblemente, no respeta lo que la Constitución dispone. Un primer examen es ése, la conformidad no solo formal sino que también material con la Constitución. La Constitución, hoy en día también trae, como vinculatorio, el Derecho Internacional, sobre todo, en materia de derechos humanos. Entonces ¿qué Ley? Tú no has jurado aplicar la letra de una ley, sino que has jurado aplicar su sentido completo, que forma parte de un discurso más amplio.

Cuando tú tienes que atender a la coherencia de eso que estás leyendo en el texto, no lo puedes mirar ajeno al habla histórica del tiempo presente, de la valoración ínsita de la realidad que vas conociendo con tu propia vida, con tus antenas sociales. Eres mamá, vas a las reuniones de apoderados, tienes que ir al almacén y te enteras en las noticias que hay inseguridad, que hay amor también, que nacen niños, que hay una cantidad de actos solidarios, que la sociedad progresa, que la autoridad está haciendo obras de bien. Desde ahí, vas leyendo la norma.

No hay nadie que pueda enjuiciar la realidad fuera de sí mismo. Sería absurdo pensarlo. Que yo tenga fe no hace diferente la decisión que yo adopte. Lo que no puedo decirte, es que el hecho de tener fe no influye en mi manera de ver las cosas. Por ejemplo, que todas las personas son dignas y todas las personas anidan mucho más amor que odio.

Y tú estás pensando: ¿Qué pasó con Pinochet?

Hay gente que no entiende lo que digo, tal vez porque yo vivo en la fe y sé que Dios está en todos. Cuando yo interrogaba por días a personas del Comando Conjunto, sobre las que tenía ya antecedentes de lo que habían hecho; personas extraordinarias física y mentalmente, estoy pensando concretamente en dos o tres, con las que hablaba días enteros, tenía ante mí a un ser humano igual que yo y yo quería que él sintiera que estaba interrogándolo otro ser humano, que sentía igual que él. A la hora que ya nos daba hambre y si yo llevaba una manzana, la compartía con él, porque no me quedaba tranquilo mascando una manzana si el otro no había comido.

A Pinochet, cuando lo interrogo ¿a quién interrogo? A un viejito campechano, simpático, bonachón, huaso pícaro.

Pero la gente a uno lo dibuja como el enemigo.

Sus abogados intentaron demostrar que usted le tenía animadversión.


-Todo el tiempo los medios decían eso. Yo quisiera que pudieran entender que los 17 millones de habitantes somos hermanos y nos sentimos mucho más hermanos que no hermanos. Es totalmente legítimo el disenso y que no tiene nada que ver con descartar o descalificar al otro. Pero, en definitiva, yo sigo con mi fe, tal cual. Ha sido una compañera en toda mi vida, por lo tanto, no sé decir en qué, concretamente, ha afectado en mi labor judicial, tal vez, en no tener temores. En eso sí que, ciertamente, me ha acompañado y a quienes me dicen que soy un héroe, yo replico que no; que he cumplido con mi deber como entiendo que ha de ser el del juez, seguramente, en la mirada de un cristiano. Cristo se entregó hasta la muerte y yo creo que si estoy para defender los derechos esenciales y sé que hay personas que están muriendo y está en manos mías protegerlos, no tengo límite en cumplir mi deber.

Se lo preguntaba, también por la evolución valórica. En algún momento, quienes lo criticaban a usted, decía que aplicaba el sentido de la ley y no la letra en causas de derechos humanos, pero, no en causas de nulidades, antes de la existencia de la ley de divorcio, tendía a ser más quisquilloso y literal para negarlas.


-Así como te decía que no podemos usar el proceso para solucionar el problema de la seguridad interna tampoco podíamos usar el proceso para solucionar un tema en que el camino era la ley de divorcio. Tú no podías, a vista y paciencia de todo el mundo, pedirle al Poder Judicial, al Estado de Chile, aceptar la falsedad y el engaño, si el camino era la ley de divorcio.

Nunca di una nulidad de matrimonio, pero yo incluía mi razonamiento.

Usted me ha dicho que todas las personas tienen dignidad y que hay más amor en las personas que odio. Sin embargo, creo que no escapa a su inteligencia que hubo gente que tenía manifiesta animadversión hacia usted, en este propio Poder Judicial y afuera ¿Cómo ha vivido usted ese rechazo o esa resistencia? ¿Recibió amenazas de muerte?


-Manifiesta animadversión, no. Lo que pasa es que hay muchas más cosas que nos unen a las personas que las que nos desunen. La animadversión, no se puede deducir como resultante de comportamientos de otros colegas míos. A veces, el superior cree cumplir con el deber al sancionar. No puedo pensar que haya habido odiosidad y afán de persecución hacia mí de los superiores que, en su momento, me sancionaron.

Creo que, realmente, y eso es lo más grave, ellos pensaban que se estaba haciendo en Chile lo que debía hacerse. No querían creer, cerraban sus ojos, eso es, evidentemente, una omisión, pero yo no quiero juzgar. Mis actos abiertamente pugnantes con esa postura, claro que no calzaban. Por tanto, yo siendo honesto, a veces pensaba: “No puedo seguir siendo juez de Chile, va en contra de todo”. Y, además, para ellos, en un sistema que era ejemplarmente jerárquico, a lo militar, no podía estar yo decidiendo, abiertamente, de manera distinta a como lo hacían ellos. No sé de alguien que me haya odiado, a lo mejor, no lo sé. Lo que sí es cierto es que me sentí mirado como distinto, y eso, en cierto modo, duele. Sobre todo en una persona que quiere vivir en su fe y esa fe supone cercanía, amistad, no dar motivos para que alguien pueda sentir una odiosidad hacia ti.

Ahora, dentro de la institución nunca me sentí amenazado. Nadie, tampoco directamente me lo hizo sentir, como no fuere la indiferencia hacia mí, en algún momento, un acto de desaire que ya más bien se enmarca en las normas de comportamiento social, mala educación, pero, en fin, eso nos puede pasar a todos. Sí hubo actuaciones que constituyen una amenaza, desde afuera del sistema judicial.

¿Cómo qué, bombas en su casa, llamadas?


-No. Nunca hubo bombas en mi casa. Pero no vale la pena particularizar y de eso nunca nada se investigó. Yo lo llevé con suma reserva para que esto no se desquiciara. O sea, si el Estado de Chile estaba persiguiendo hasta con la muerte a los que no pensaban como él y mantenía un Poder Judicial para mostrar al mundo entero: “Miren, cómo seremos nosotros de apegados al Derecho que mantenemos el Poder Judicial”, un Poder Judicial obsecuente en su cúpula y, también, en sus bases en su momento. En las bases había temor. Entonces, cómo no va a ser normal que haya actos persecutorios contra quien va tan en contra de la corriente. El poder omnímodo y una hormiga por ahí que se para en dos patitas y se ríe a carcajadas, entonces ¿qué tiene que hacer el poder del elefante? Le pone la pata encima. Era parte de la realidad que se vivía.

Ahora, la forma que tuvieron esas amenazas o atentados yo prefiero no referirme en concreto, pero, respondiendo a tu pregunta, sí, definitivamente, hubo persecución y amenazas desde fuera de la institución. En algún caso, tanto (en lo ocurrido) al ministro José Cánovas, como a mí, debe haber habido complicidad o coautoría desde dentro de la institución. De hecho, en una época, se supo de muchos funcionarios que trabajaban para la CNI. Esas personas, seguramente, colaboraron en lo que fueron algunos actos de intromisión en nuestras investigaciones y por las cuales hubo que tomar cautelas especialísimas y, aun así, algo se extravió.

¿Su vida corrió peligro?


-A lo mejor. Para mí la vida está en manos de Dios.

En Derechos Humanos, peor


Ministro, en materia de derechos humanos se ha avanzado o se ha retrocedido. Ahora que está dejando el Poder Judicial ¿hacia dónde cree que se inclina la balanza?


-Retrocedido, de frentón. Que un dictador, que es un déspota, como lo fue Augusto Pinochet, la persona digna como todas, pero, en cuanto comandante de facto, un dictador de una dictadura bárbara que jamás pudo haber sido aceptada por nadie, violara los derechos humanos, era esperable. Lo delicado, y es lo que hace que yo crea que no estamos en una democracia sana, es que hoy día se piense que la violación a los derechos humanos solo se dio durante la dictadura, sin entender que hoy día tenemos una violación grave de muchos derechos que, en ese entonces, ni siquiera se conocían como tales, y que no hagamos todo lo necesario por reprimirlo y evitarlo. Mientras no entendamos que la sociedad está para todos y no para el mejor; en la medida en que el Estado, de una u otra tendencia, siga este estado de cosas, en que el que manda es el poder y el poder está en el que más tiene, vamos a seguir violando, flagrantemente, los derechos humanos.

Cerda se sumerge en una montaña de papeles y carpetas que ha acumulado durante su carrera. Quiere ordenarlas y tal vez, algunos asuntos, llevarlos al papel. Pero lo que más desea es “no tener planes”, pasar los días mirando el atardecer en una parcela a la que se retirará, junto a su esposa. Solo quiere vivir, dice.

THE CLINIK