PEPE-VIEJOS

El insecto se para en una rama,
enarbola el arco y arremete
contra las cuerdas de su violín,
que exhala una melodía lánguida
y triste, como un llanto que nace
en lo profundo para
desparramarse
entre rocas pétreas.

El grillo, que se ufana de estar siempre al corriente de lo que ocurre en la medida de lo posible en este país, acaba de enterarse del drama de un par de viejitos que murieron solos y su alma no lejos de esa ciudad dura que baña el Piduco y en esa sociedad indiferente que ha sido desde siempre la talquina y, por extensión y cercanía, la de San Clemente.

Y murieron en el medio de una población de clase trabajadora, prácticamente ante los ojos de todos pero sin que los viera nadie. Es estremecedor, pero todo indica que él se fue primero y ella agonizó, de hambre, por muchas horas y lo más absurdo, es que allí había alimentos pero la mujer no estaba en condiciones físicas de llegar hasta estos.

No quiero hacerle al cuento de la tristeza, indica Pepe, pero es un axioma histórico que una sociedad que abandona a sus viejos, está muy enferma, con una sobredosis de egoísmo, indiferencia y miseria humana.

Hace una pausa y constata: Nosotros lo estamos.

Para justificar lo injustificable, se arguye lo de siempre: Eran solos, no tenían familiares. A nadie le consta en realidad si existían o no, pero es necesario decir algo, cualquier cosa. Los vecinos argumentan que siempre los estaban ayudando al igual que la municipalidad, una como la talquina, que siempre ha destacado por lo infame y lo ladrones que son sus alcaldes, cosa comprobada otra vez durante estos meses.

El hecho que la señora haya muerto de hambre no indica que alguien los viese de vez en cuando, cierto ella estaba postrada por sus males, pero él todavía caminaba y salía a buscar leña, para hacer fuego y preparar comida. Cuando murió repentinamente nadie se dio cuenta, si ella gritó, no hubo quien la escuchara.

Ni siquiera doña Marina Lara, vecina de la Población San José, en la comuna de San Clemente, aunque ella explica a la prensa local las dramáticas circunstancias en que fueron descubiertos los cuerpos de este matrimonio de adultos mayores, los cuales fallecieron en el más completo abandono, al interior de su casa, en el pasaje número cuatro.

Indica el grillo que fue justamente una funcionaria de la municipalidad de San Clemente quien pidió auxilio a la Primera Comisaría de Carabineros. La asistente social, Sonia Soto, coordinadora del programa de adultos mayores, explicó que “hace un tiempo supimos de la situación de estos ancianos y comenzamos a entregarles ayuda social”.

Sonia Soto precisó que los beneficiarios recibieron colchones, ropa de cama, alimentos y pañales para adultos, lo que a todas luces no fue suficiente. Incluso la funcionaria, se queja el insecto, habla de planes a futuro como un operativo de limpieza, tanto al interior como exterior del domicilio, por cuanto explicó que para dichas personas era muy dificultoso realizar las labores normales de un hogar. En realidad no podían hacer nada y la asistente social debería estar preocupada en averiguar si existen otros casos similares y ver que no se repitan.

Los fallecidos, enlista el grillo, son Haydee del Carmen Rodríguez Soto, de 76 años, quien se encontraba postrada por artrosis; y Ángel Custodio Pedreros González, de 83 años. Todo quedó al descubierto cuando unas vecinas llamaron al municipio y dijeron que hacía días que no veían a los ancianos.

"Ahora recién la señora Soto partió con  los carabineros y observamos que habían fallecido”, indicó poniendo cara de sorpresa. La mujer estaba acostada en su cama, mientras que su esposo se encontraba a un costado, tirado en un viejo sillón.

Sonia Soto tratando de disfrazar su incompetencia, dice Pepe, insistió en que “ellos no tenían familia”, pero luego aclaró: “Creo que tenían hijos, pero perdieron el contacto hace mucho tiempo. El caballero tomaba su trago, pero no era alcohólico”. Los policías estimaron que el hombre falleció primero y que luego, su esposa, no logró sobrevivir ante la falta total de alimentos y auxilio.

Se supone que la señora Soto debió buscar a los hijos, tal vez pedir ayuda, pero está siempre muy ocupada.

Y resulta que había familia. Lo consigno, señala Pepe, el diario El Centro muestra un imperfectamente redactado párrafo: “Ella no dejaba entrar a nadie. Yo vine la semana pasada, pero no pude entrar, porque estaban encerrados con llave. Los vecinos decían que ella estaba enferma de las piernas. Yo soy la única pariente. Ahora mi sobrino me avisó. Mi tío estaba sano, pero no lo pude ver”, es la versión de Juana Pedreros, sobrina de Ángel Pedreros.

Claro, hay mucho detalle por aclarar: Si estaban vivos cuando vino la sobrina, cómo una mujer que no podía caminar iba a impedirle a nadie entrar a su casa, salvo de viva voz, etc., etc.

Disculpas tontas sostiene el grillo. Pero, hace una apuesta: A la hora de cobrar la herencia (la casa), sí que van a salir parientes llenos de amor y lágrimas.

El insecto guarda el violín y se echa a volar, furioso, sin vociferar, sintiendo que hay veces en que no es fácil respirar.

ClariNet