ampuero

Apareció trayendo dos
vasos de cerveza y se
sentó en la mesa sin decir
nada. Cogió uno de ellos
y bebió lentamente hasta
el último sorbo.
–chilenoculeao-,
exclamó en voz alta,
como para que todos le
escucháramos.

Por Fredy León

Se llamaba Pablo, llegó después de tres meses que el curso había iniciado. Era de una familia de refugiados chilenos que vivía en la Alemania Federal y no ocultaba su falta de interés por la política. Vino para cubrir el cupo de la disminuida delegación del MAPU-OC, una pequeña organización de la izquierda chilena que se caracterizaba por contar con una militancia proveniente principalmente de la clase media y sectores intelectuales.

Pero esa noche, Pablo no estaba de humor.

– Ese güevón se cree un príncipe -. Apuró el otro vaso y lo bebió de golpe, como para coger algo de valor.

– Yo vine porque estaba desocupado y un amigo de mi tío me dijo que conocía a alguien que le comentó que tenía una beca por diez meses para ir a estudiar a la Alemania Oriental con todo pagado. La idea no me pareció mala, total no tenía mucho que escoger. Yo no soy del MAPU y ese “apitutao” lo sabe perfectamente, pero me emputa Pinochet y me jode ver a mis padres esperando el día para volver a Chile. Pero ese güevón, lo único que busca es construir una imagen de líder político para luego salir corriendo hacia la Alemania Federal. Me jode sentirme utilizado.

Escuchamos en silencio las palabras de Pablo y nadie hizo comentario alguno, al final solo nos atrevimos a hacer algunas acotaciones muy puntuales sobre las opciones personales y la libertad de decidir el camino a seguir, luego del cual, Miguel, el argentino, volvió a retomar el hilo de la conversación sobre lo sucedido en la fiesta de la noche anterior: a todo nos sorprendió la actitud de algunos estudiantes de la FDJ que abandonaron abruptamente la fiesta en protesta por el espectáculo montado por la delegación de Leipzig que organizó un vistoso desfile de modas, aduciendo que en esa presentación “solo había ropa confeccionada en la RAF y que con eso estaban promoviendo la moda occidental”.

En ese momento, para nosotros, ese era un asunto banal, no entendíamos el motivo de ese debate, que luego resultó ser uno de los temas dominantes que definieron la conducta de esa generación de jóvenes de la FDJ.

Demás estaba decir que en la mesa nadie tenía una opinión favorable sobre Robertico, el chileno culeao, el que decía ser un importante dirigente de la Unión de Jóvenes Democráticos, la organización juvenil del MAPU-OC y que debido a su dominio del idioma alemán, fue designado como representante del curso internacional ante el directorio de la Escuela Superior Juvenil Wilhelm Pieck de la FDJ.

Había algo extraño en la conducta de Robertico, y no era precisamente porque sufría el síndrome del exilio o el trauma del desarraigo social que empezaba a notarse en muchos chilenos que se vieron obligados a abandonar su patria, luego del cruento golpe de estado.

Robertico era de esas personas que se mostraba excesivamente servicial con el rector de la escuela y siempre estaba atento a la llegada de cualquier dirigente, ya sea del Partido Socialista Unificado Alemán (SED) o de la Juventud Libre Alemana (FDJ), que venían a visitar la escuela o a participar de algún acto oficial, a los cuales prodigaba una atención demasiada esmerada, gracias en parte a su conocimiento del idioma alemán, lo que le facilitaba comunicarse directamente, sin la necesidad de contar con un traductor.

Recuerdo que era de esos personajes que no desperdiciaban la ocasión para auto promocionarse, siempre en primera fila, sentado a la diestra de Klaus Böttcher, el director de la escuela, atento a todo lo que Klaus le indicaba, que me hacía recordar las letras de esa canción chilena “… total a los olfatillos, no hay olor que se les escape”.

En su condición de representante del curso internacional de la escuela Wilhelm Pieck, Robertico participaba en diversas actividades oficiales a nombre de la escuela. Sus discursos eran angustiantes, eran una letanía de ideas demasiadas simplistas, un enlatado de frases comunes que daba la impresión que no estábamos en una escuela de formación política e ideológica, sino en un acto de esas asociaciones de amistad con los países socialistas que los padres de familia de los jóvenes becados solían impulsar, para mostrar su gratitud por la oportunidad que les brindaban a sus hijos de formarse profesionalmente.

Anselmo, militante de las Juventud Comunistas de Chile, apodado cariñosamente el viejo -por la espesa y larga barba que llevaba- atribuía esa actitud de Robertico a los objetivos que tenía el MAPU-OC de “ganarse un espacio oficial” en los países socialistas y conseguir mayor apoyo para su diminuta organización. Y para alcanzar eso, decía Anselmo, “no hay mejor cosa que ser mas papista que el papa”.

Pero lo que no intuía ni imaginaba en ese entonces, era que el doblez y la conducta sinuosa formaban ya parte principal de los particulares intereses personales que en la cabeza de Robertico se iban cocinando a fuego lento.

Ahora puedo decir con toda certeza que la opinión de Pablo no era simplemente producto de la ofuscación del momento.

En la escuela había un código no escrito y que se cumplía al pie de la letra: a nadie le interesaba conocer la trayectoria política de los participantes del curso. Lo importante era la actitud que en ese momento cada quién asumía y demostraban con sus actos.

Podías estudiar o simplemente te dedicabas a hacer vida social y dejar que el tiempo pase. En la escuela existía un ambiente de libertad absoluta y total.

Tanta libertad que un fantoche fue el que nos representó y hablaba a nombre de todos. Por lo general decía “güevadas”, pero para los que lo escuchaban, era como el buque insignia que encarnaba, de alguna manera, el sentir de todos los que participamos ese año en los cursos de la escuela.

Pero en la vida hay cosas que solo el tiempo te dan la respuesta indicada. Uno llega a sentir respeto y hasta admiración por un oponente cuando ves la valentía y honestidad con que defiende sus ideales. Pero cuando encuentras alguien que no posee la mínima honestidad, que siempre ha buscado esconderse bajo un maquillaje, llegas a la misma conclusión expresada por Camus en su novela La Caída:

“Cuando, por oficio o por vocación, uno ha meditado mucho sobre el hombre, ocurre que se experimente nostalgia por los primates. Éstos no tienen pensamientos de segunda intención.”

La casualidad hizo que años después volviera a recordar a ese “chileno culeao”.

Mi viaje programado a Berlín coincidía con el 25 aniversario de la caída del Muro y decidí buscar alguna literatura o novela relacionada con ese acontecimiento.

Luego de una desordenada búsqueda, me tope con la novela “Detrás del Muro: Novela de mi memoria imprecisa”. Me llamó la atención la presentación

“En este relato en primera persona -la esperada continuación de Nuestros Años Verde Olivo-, Roberto Ampuero narra los años en que vivió en la República Democrática Alemana, adonde llegó huyendo de la dictadura chilena cuando era un militante de las JJCC de Chile.”

Así que decidí comprarlo.

No tenía la mínima idea quién era Roberto Ampuero, y un poco por curiosidad y otro porque siempre me gusta conocer algo más sobre los escritores de las novelas que suelo leer, busque en Wikipedia su autobiografía.

Era el “chileno culeao” de la escuela de formación política Wilhelm Pieck en la que yo participe durante 1979-1980.

En su novela de más de 300 páginas, Robertico quiere vender la imagen heroica de un joven comunista que sale de Chile en 1973 y estando en Cuba rompe con su militancia comunista, que en su estancia en la RDA realizó una lucha titánica contra el oprobioso sistema socialista, en la que se ve –dice- obligado a vivir hasta 1983; y justo luego de haber culminado sus estudios profesionales en la RDA, decide huir del muro que lo aprisionaba e ir en busca de la ansiada libertad. 10 años fue el tiempo preciso que Robertico necesitó para recordar que llegó al “socialismo con el escepticismo inoculado en las venas.”

En honor a la verdad, en la escuela de formación política Robertico no pasó de ser un comedido militante de las juventudes del MAPU-OC, obsesionado en relacionarse con las cúpulas del PSUA y la FDJ, y que no ahorraba esfuerzos ni imaginación para alabar, en toda ocasión que se le presentaba, al “socialismo realmente existente”.

Lástima que no existan archivos de sus discursos, pero todos sus actos carecían de altura, todas sus ideas, de profundidad. Lo que en buen peruano quiere decir, Robertico era un perfecto comechado, un personaje mediocre que en su novela trata de esconderse -sin éxito- detrás de un protagonista ficticio.

Todos tenemos derecho a cambiar, a ver la vida con otros ojos, asumir otros compromisos, renegar de nuestro pasado, refugiarnos en esa excusa de imputar a nuestra inexperiencia y vehemencia juvenil la responsabilidad de las decisiones alocadas tomadas en esa etapa tan diáfana de nuestras vidas etc., pero yo siempre he creído que debe existir un mínimo de honestidad y algo de coherencia para saltar la tranquera, para dar un nuevo sentido a nuestra vida y algo de valor a esa actitud humana que Sartre definía como “el deseo de ser”.

Aunque Robertico se esmere en justificar, no somos simple veletas que vuelan en la dirección que el viento sopla. Nos guste o no, somos personas responsables de nuestras acciones y decisiones.

Luego de leer su novela y enterarme de su díscola trayectoria hacia la gloria, yo no creo que Robertico haya cambiado. Él sigue siendo el mismo “olfatillo”. Siempre en el lugar correcto, en el lado de los ganadores.

Aunque los ganadores cambien cada cierto tiempo.

Es, como dicen quienes lo conocen, el prototipo de persona que “si hubiera nacido en Alemania en la década de los 30, seguro que asumía la ideología nazista.”

“…total a los olfatillos
no hay olor que se les escape”
Víctor Jara

ClariNet