MERCUCHO-SE-DERRUMBA8

Víctor Herrero, autor de
la biografía del empresario
POR ALEJANDRA
CARMONA L.

Tuvo cercanía con Pinochet, con la CIA y se preocupó de influir en la política nacional. Es parte de la muñeca del ‘último oligarca’, como lo llama el periodista que tardó tres años en investigar la vida del dueño del Decano y plasmarla en un libro, hoy referencial. Una existencia no solamente marcada por el peso de llamarse Agustín sino también por todo lo que se suma a ello: no poder dedicarse a las artes, mirar la escultura solo como un hobby y evitar enamorarse de una loca.

Cinco meses en escribir y tres años en reportear. Eso demoró el periodista Víctor Herrero en terminar la biografía de Agustín Edwards Eastman, dueño de El Mercurio, que murió ayer a los 89 años. Una investigación en la que Herrero develó gran parte de la personalidad y la vida del empresario que, con su muerte, pone punto final a la existencia del último oligarca.

“Es el último oligarca bajo la lógica antigua de la oligarquía, de estos personajes empresariales que no solo están preocupados por sus ingresos sino por el bienestar del país, desde su punto de vista, por influir activamente en la política, en los medios de comunicación y el devenir del país. Los Matte también están ahí, pero son mucho menos influyentes. Los Luksic son una generación más nueva y tú ves que les cuesta mucho meterse en el mundo público y a cada rato se caen y hay problemas”, dice Herrero.

-Por ejemplo, ¿dónde se pudo ver esa mano de Edwards?


-Yo siempre me fijo en lo que hizo Agustín Edwards en los años noventa, cuando creó la Fundación Paz Ciudadana, donde metió a la derecha y a la Concertación, y también la agenda antidelincuencia, la Reforma Procesal Penal. Una de sus niñas favoritas, la Javiera Blanco, ahora está en el Consejo de Defensa del Estado (CDE). Chile es su fundo y ellos intentan –desde su punto de vista– mejorarlo. Con la muerte de Agustín Edwards, eso está muriendo.

-Ese peso también se ve en su influencia e interacción con el mundo político.


-Efectivamente, antaño, Agustín Edwards también influía para avanzar en sus negocios. Hay episodios en la industria aeronáutica, en los años 60-70, donde EL Mercurio empezó una campaña para privatizar Lan Chile, porque Edwards tenía intereses en esa industria. Pero Edwards es mucho más que avanzar en sus intereses. Los “Pentaboys” tiran lucas a su sector político para avanzar en situaciones que a ellos les interesa; los Edwards no: piensan a nivel país.

Piensa que el tatarabuelo de Edwards construyó el primer ferrocarril de Sudamérica; su bisabuelo estuvo tras la caída de Balmaceda y el triunfo parlamentario; su abuelo formó El Mercurio de Santiago, Las Últimas Noticias, la editorial Zig-Zag, La Segunda. Su abuelo fue el artífice de la candidatura de Arturo Alessandri el año 20. El propio Agustín Edwards –el nuestro, el que nos tocó en esta época– fue clave en la elección de Frei el 64; absolutamente clave en el derrocamiento de Allende el 73. Son grandes personajes que influyen en la gran política, muchas veces de manera encubierta.

-¿Cuándo nacen los lazos de Edwards con la CIA y EE.UU.? Porque parece que es mucho anterior al 73.


-En los años 30 la familia Edwards comenzó un giro estratégico. Ellos son de origen británico y siempre estuvieron muy cerca de esos intereses, pero, en esos años, el abuelo Edwards Mac-Clure descubre que la gran potencia es EE.UU. y los intereses de la familia empiezan a girar hacia ese país. De hecho, ‘Doonie’, como le dicen a Agustín Edwards Eastman, fue el primero en estudiar en EE.UU., en Princeton, y en esa universidad se formó la CIA. No te digo que en ese momento haya tenido contactos, pero estaba metido en ese ambiente.

Post-Guerra Fría, los Edwards, por su enorme red comercial y ser dueños de medios, siempre se encontraban en cercanía con la embajada. A veces la gente me pregunta si Agustín Edwards fue agente de la CIA, pero él fue demasiado importante para ser un agente: él era un amigo de la CIA y siempre estuvieron esas conversaciones.

-¿Hay algún personaje clave en Princeton o alguien que lo haya llevado a esos contactos con la agencia?


-A veces estas cosas ocurren como un proceso, de manera más fluida, pero era muy cercano a unos cuantos periodistas corresponsales y al jefe de la estación de CIA en Chile en los años 60. Después se descubrió que esos periodistas estaban en la nómina salarial de la CIA. Yo creo que, para Agustín Edwards, colaborar con los servicios de inteligencia internacional, en el contexto de la Guerra Fría, era como un acto de patriotismo.

El niño Agustín

Agustín Edwards es el quinto de una importante dinastía de Agustines.

–Primero fue Edwards Ossandón, quien hizo la fortuna familiar a partir de las minas del norte –relata Herrero.

El periodista comenta que la importancia de llamarse Agustín comenzó en ese momento:

–Como muchas familias aristocráticas y de la burguesía, se priorizaba el mayorazgo. Es decir, el hijo mayor se tiene que hacer cargo de todos los negocios familiares, asegurando a sus hermanos ingresos y algunas propiedades. Como es el primogénito, y de nombre Agustín, fue educado tempranamente para hacerse cargo del imperio familiar, por tanto, las aptitudes que haya podido tener son intrascendentes. Como el hijo del rey, a veces es un buen rey, a veces pésimo y a veces botan al rey. Nació en cuna de oro, pasó la mayor parte de su infancia en Inglaterra con su abuelo y así fue a la Corte de Saint James, conoció a la familia real, etc. Se educó en academias de la elite en Inglaterra, la aristocracia y la alta burguesía. Cuando volvieron a Chile, él estudió en el Grange, que en ese tiempo era solo para niños británicos o descendientes. En general, es una tradición que los hombres Edwards han mantenido. Casi todos envían a sus hijos al Grange, lo cual también te habla de cierto espíritu laico. De hecho, cuando Edwards va a la universidad a estudiar Derecho, lo hace en la Chile, no en la Católica.

-Además de estudiar de forma tradicional, tú cuentas que Agustín Edwards tenía importantes aptitudes artísticas, ¿qué tan allá fueron?


-Le gustaba mucho la escultura.

-¿Tiene un parecido en eso a su hermano Roberto?


-Sí, pero Roberto yo siento que ha sido más sobrevalorado en Chile, como el loco de la oligarquía, cuerpos pintados. Está bien, fotógrafo, pero es como un dato, es como un dandi, como un niño rico mimado. Como no era el que tenía que estar a cargo de la familia, se dedicó a pasarlo bien. Porque no tenía responsabilidades. Él se quedó con la editorial Lord Cochrane, pero no tenía mayor responsabilidad como su hermano. Agustín Edwards tenía un taller y le enseñaba Sergio Castillo, que después fue Premio Nacional. De hecho, el banco de Edwards, en Valparaíso, fue el primero en comprarle una escultura de hierro a Sergio Castillo y ahí estuvieron trabajando en un taller en los años 60. Él iba para allá, se ponía su overol, trabajaba y, según me contaba la viuda de Sergio Castillo, realmente tenía aptitudes, era bueno, era creativo, etc. Ahora, como era un tipo que estaba a cargo de la Universidad Federico Santa María, de El Mercurio, de Ladeco, de la Chilena Consolidada, de la CCU en esa época, mi impresión es que él llevó la vida que él debía llevar, pero a él le hubiese gustado haber sido un hermano menor.

-No le hubiese gustado ser un Agustín.


-Un ejemplo claro de eso es cuando la familia lo empieza a presionar para casarse en los años 50, sobre todo su abuela Olga. ‘Ya pues, Agustín, apura, que tú vas a ser el próximo Agustín Edwards’, le decía.

-¿Cómo cuántos años tenía Edwards en esa época?


-Como unos 26, que ya es algo tarde para grandes fortunas y herencias. Ahí conoció a tres hermanas, las hermanas Del Río. Y a Agustín, por lo que a mí me comentaban, le gustaba mucho la Teresa del Río, pero ella era como más libre, medio loca. Y la abuela le dijo: ‘Mira, la Teresa del Río es igual a tu mamá, la Chabela Eastman, y tu mamá es una loca. Te puedes enamorar de ella, pero para esposa de un Agustín Edwards, ya ves cómo le fue a tu papá. Es mejor la segunda, la más tranquilita, la Malú’. Entonces, él agachó el moño y dijo: ‘Bueno, ya, por el bien de la familia’.

-¿Y qué fue de Teresa?


-Tuvo una vida emocionalmente muy inestable, yo creo que siempre estuvo enamorada de Agustín Edwards.

La fragilidad del imperio

El amor por la pintura latinoamericana, el fanatismo por la música clásica, sobre todo el romanticismo alemán, siempre estuvieron medidos por su cabeza agustina, como si fuera un camino demarcado del que no pudiera zafar. Alguna vez dijo que, si se dedicaba a coleccionar arte valioso, eso podría llevarlo a la ruina.

–Ahora coleccionaba, de alguna manera yates. Llegó a tener 6 o 7 yates repartidos por el mundo. Fue un gran bibliófilo y es miembro de la sociedad de bibliofilia más antigua del mundo, que es la de Inglaterra. En su hacienda en Graneros, que queda cerca de Rancagua, tiene una biblioteca enorme. Tiene una sala aclimatada especialmente, dicen. Yo he leído a otra gente que dice que tiene escritos musulmanes del siglo XIII, originales.

-¿Cuáles son los hitos políticos donde podemos ver la presencia y personalidad potente de Agustín Edwards como este último oligarca?


-Edwards es un heredero, no solo de fortuna sino también de ideología. Él no es distinto ideológicamente a lo que fueron su papá, su abuelo y su bisabuelo. Son todos portaleanos. Para ellos, Diego Portales y el concepto ‘orden y libertad’, es lo que ellos son. A veces giran más hacia la ultraderecha, hacia la derecha a veces más liberal: esos son para ellos los conceptos clave. En ese sentido, Agustín Edwards no desarrolla una ideología propia sino que hereda esta ideología que la familia ha ido aplicando en generaciones. De hecho, en su tesis de grado en Princeton, que trata de la época de la post-Independencia en Chile, queda muy claro toda esta visión portaleana.

Intervenciones clave hay varias: él fue uno de los empresarios que se puso a la cabeza para apoyar a Frei Montalva el 64, ante la amenaza de Allende. Prestó El Mercurio para avanzar las ideas de los Chicago Boys que aún estaban en las aulas de la Católica, y se consiguió todas las lucas y la plata para mantener El Mercurio flotando durante la UP, para hacerle la oposición a Allende y complotar en contra. Después, fue un ferviente partidario de Pinochet, siempre estuvo eternamente agradecido. También El Mercurio siempre se cuadró con Pinochet y ya después, con la Concertación, siempre fue un hombre clave, que se cuadró con Paz Ciudadana, lograr juntar estos mundos y ponerse a la cabeza.

-¿Pero esa vinculación con Pinochet pasó de lo meramente ideológico? Su principal guardaespaldas era DINE.


-Sí, que fue condenado por ser el autor material del asesinato de Enrique Berríos en Uruguay. Era DINE. Todo su aparataje de seguridad son ex CNI, ex oficiales.

-¿Y su relación con Pinochet?


-En un momento dado, el grupo EL Mercurio, en la crisis del 82, está en la quiebra. Hubo fuertes conversaciones dentro del régimen, estaban los más anti-Chicago, que decían: ‘Bueno, EL Mercurio es Chicago Boys, Agustín Edwards lo es, que acepten las consecuencias. Si quebraron, quebraron, que venga otro y que los compre’. Pero Pinochet, astuto, y otros, dijeron que EL Mercurio siempre había estado en manos de los Edwards, ‘que son nuestros partidarios, nos da garantías de imparcialidad; si lo comprara alguien cercano al régimen, sería distinto’.

Y eso que en La Moneda estaban muy enojados con El Mercurio, porque estaba cuestionando las políticas en torno a las medidas económicas.

Edwards y Pinochet se encontraron, eran cercanos, no amigos. No podrían haberlo sido: Pinochet era un roto de Valparaíso y este era el fino señor de la alta burguesía chilena. Pero sí establecieron una alianza tácita muy fuerte. Y es más, a partir de ese momento el Gobierno decide salvar a El Mercurio y le da un préstamo del Banco del Estado, crédito muy, muy blando, y era como una doble señal: por un lado, Pinochet le decía ‘entendemos que eres un personaje muy importante y, frente a Vial y los otros, no vas a caer, no vas a perder tu empresa ni vas a caer a la cárcel, pero entiéndase que tienes que seguir siendo leal’. Y ese fue un poco como un acuerdo tácito entre Pinochet y Edwards y hacia el final de la dictadura.

-¿Cuál es el futuro de El Mercurio con la muerte de Agustín Edwards?


-El Mercurio, como lo conocemos, se derrumba con la muerte de Agustín Edwards. No mañana, pero con su muerte se acaba. Su hijo Agustín, el sexto Agustín, si bien ha sido elogiado por su labor en Las Últimas Noticias, es un hombre que se va acercando a la edad de la jubilación, entonces, es un hombre que va a llegando a los 60 años y que no ha mostrado más que LUN, en parte por vivir a la sombra de su padre. Cristián Edwards –de quien se esperaba un fuerte golpe de timón cuando llegó el 2009 de EE.UU.–, la verdad no ha tenido mucho que mostrar. Estos hijos han crecido a la sombra muy fuerte del viejo Agustín.

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