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CRIMEN-Y-CASTIGO

La aceptación de
responsabilidad y la
clase empresarial chilena.

Por Daniel Matamala*

Este lunes, Carlos Lavín publicó un elocuente autorretrato. Lavín, recordemos, fue condenado por evadir junto a Carlos Délano 1.714 millones de pesos en impuestos.

Pese a ello, en dos cartas, enviadas a La Tercera y CNN Chile, se describe como vivo ejemplo de “la virtud de la generosidad que significa, ni más ni menos, que regalar dinero que te has ganado con esfuerzo, en beneficio de otros y a cambio de nada”.

Tras ser condenado apenas a una multa, inhabilidades y clases de ética semanales, se presenta como “víctima de imperdonable desigualdad de trato”.

Ese mismo día, en California, otra involucrada en delitos de cuello y corbata hacía su declaración.

El contraste no podría ser mayor.

Felicity Huffman, arrestada por el escándalo de coimas en universidades, declaró que “con profundo pesar y vergüenza por lo que hice, acepto la total responsabilidad por mis acciones y aceptaré las consecuencias”.

Son dos ejemplos entre muchos.

Es que en Chile, los involucrados en delitos económicos no solo suelen evitar la cárcel. También evaden la responsabilidad por sus actos, presentándose como víctimas, no como victimarios.

Y son protegidos por una cerrada defensa de clase.

El mismo caso Penta lo demuestra.

El arquitecto Cristián Boza dijo que “los de Penta hacen lo que hacen todos”. El director de empresas -y luego ministro de Educación- Gerardo Varela llamó a Délano “Gulliver amarrado por los liliputienses”, y lo comparó con Gabriela Mistral por recibir “el pago de Chile”.

Délano incluso apareció en público junto al entonces Presidente electo Sebastián Piñera, durante sus vacaciones en Cachagua.

La sanción social no existe. Cuando Agrosuper se coludió con otras dos empresas de pollos, perjudicando a los chilenos por 1.500 millones de dólares, su dueño, Gonzalo Vial, lejos de disculparse, se enfureció.

Atacó a los fiscalizadores que descubrieron el timo (“nunca han producido nada ni le han dado trabajo a nadie”) y destacó que, antes de él, “la gente modesta no comía carne en Chile”.

El “aquí no ha pasado nada” es ley. Apenas dos meses después de que Corpesca fuera formalizada por coimear parlamentarios, su dueño, Roberto Angelini, fue galardonado por el Diario Financiero como “Empresario del Año”. Angelini destacó que su familia había dado “una alternativa laboral a la vida de excesos” que hasta entonces llevaban sus trabajadores.

Cuando la Papelera protagonizó la colusión del papel, la Sofofa la liberó de todo reproche, considerando que “la empresa afectada procedió a implementar un conjunto de medidas”.

En Chile, si pertenecen al grupo social correcto, los evasores de impuestos son “víctimas”, y las empresas coludidas son “afectadas”.

La historia es distinta en las cunas del capitalismo. En 1639, Robert Keayne, uno de los comerciantes más ricos de Boston, cayó en desgracia. La justicia lo castigó con 200 libras por vender botones y clavos con sobreprecio.

Pero lo peor vino el domingo siguiente.

En la iglesia local, debió ponerse de pie frente a la comunidad y, con lágrimas en los ojos, “admitir y lamentar su codicioso y corrupto corazón”.

Hasta hoy, si algún pez gordo cae con las manos en la masa, debe purgar sus culpas antes de ser readmitido en el club, con disculpas públicas y una temporada en la cárcel. “No puedo expresar cuánto lo siento y cuánto lamento mis acciones”, dijo el exgerente general de Tyco, Dennis Kozlowski, antes de pasar nueve años en prisión por recibir bonos ilegales. El exgerente general de Enron acaba de salir de la cárcel después de 12 años a la sombra. Bernie Madoff lo tiene más difícil: está sentenciado a 150 años. Cerca del 8% de los presos en cárceles federales estadounidenses cumplen pena por delitos de cuello y corbata.

¿Por qué tal contraste? Quizá la explicación sea que en Estados Unidos y Europa Occidental el capitalismo es inseparable de la democracia. La élite entiende que el crimen empresarial socava su legitimidad y, por lo tanto, castigarlo es una forma de defensa.

En cambio en Chile, como en buena parte de América Latina, muchos lo siguen viviendo como un club de privilegios exento de responsabilidades.

No es que los empresarios europeos o estadounidenses sean moralmente mejores que los chilenos, o que hayan pasado más horas leyendo a Kant y Aristóteles.

Es que se ven a sí mismos como capitalistas en una sociedad de ciudadanos.

No como patrones en un latifundio, que no deben explicaciones y mucho menos disculpas a sus peones.

*Periodista

ClariNet