CORRUPCION

Tolerancia y democracia
versus intolerancia
y autoritarismo,

Por Jaime Vieyra-Poseck*

La mayoría de las catástrofes humanas se han producido por la sinrazón de la intolerancia que siempre, de principio a fin, se ha sustentado en la violencia y la corrupción.

Como cuando los romanos saquearon Cártago dejándolo convertido en escombros; o cuando los invasores  españoles destruyeron por completo las civilizaciones precolombinas azteca e inca; o cuando el absolutismo confesional de la Iglesia católica creó el sistema pervertido y criminal de la Inquisición; o cuando el terrorismo religioso derrumbó las Torres Gemelas; o cuando los nazis y fascistas decomisaron y quemaron los libros para después incendiar Europa entera; o cuando el totalitarismo estalinista asoló los sueños de un mundo mejor dejando una hojarasca de cuerpos asesinados; o cuando la barbarie pinochetista arrasó a sangre y fuego la democracia e instauró el terrorismo de Estado, en fin, en todos estos hechos, y la lista es interminable, siempre hubo, en medio del desastre, las personas que continuaron luchando contra la intolerancia y la corrupción, construyendo la futura democracia, la tolerancia y la probidad como promesas de cordura y racionalidad.

¿Pero qué sabemos de la dualidad entre tolerancia/democracia versus intolerancia/autoritarismo y corrupción?

Todos los estudios de antropología social sobre el funcionamiento de las sociedades y la interrelación de las personas es que éstas tienden a reunirse en grupos con identidad cultural propia, como es una lengua, una creencia religiosa, etc.; y que a partir de esa identidad cultural se auto valoran positivamente al mismo tiempo que tienden a catalogar como a un extraño al “otro” que entra en su espacio cultural.

Siguiendo estos estudios de antropología social, la aceptación del “otro” dotado de un origen sociocultural distinto ─otra religión, idea política, estatus social, género y orientación sexual, etc.─, se produce por la superación de todo su bagaje sociocultural para recibirlo y tratarlo como un igual en su condición humana, independientemente de su “otro” marco sociocultural. A partir de esta constatación se acepta al “extraño” para después abordarlo y respetarlo en su total especificidad. En este sentido, la antropología social nos enseña que la tolerancia es una disciplina de la vida, es un saber; se aprende. No es innata al ser humano.

La intolerancia puede definirse, entonces, como una atrofia en el aprendizaje, y, por tanto, se fundamenta en la ignorancia. Es necesario subrayar que éste es el origen del racismo; no serlo es el aprendizaje necesario de la tolerancia para entender y aceptar al “otro” en su condición humana, por encima de cualquier otra categoría sociocultural.

Ahora bien, para que el comportamiento de construcción cultural y social de la tolerancia sea realidad se requiere, como condición esencial, la libertad política de un Estado democrático de derecho que garantice la pluralidad y la transparencia en el ordenamiento de una sociedad multicultural y anti corrupta.

Esto implica, que la construcción de la tolerancia y la anticorrupción en el sistema democrático está en permanente evolución y es un aprendizaje a nivel mental y social siempre latente y construyéndose.

Este dinamismo intrínseco en la construcción de una sociedad tolerante, democrática y anti corrupta implica un esfuerzo permanente de todas las instancias del poder y de los grupos sociales para defender, en forma transparente, la circulación libre de las ideas políticas, creencias religiosas, formas de comunicación, condición y orientación sexual y de género, actividad económica, etc., capaz de neutralizar cualquier abuso de poder que pueda desencadenar la intolerancia y la corrupción.

Es, entonces, bajo el sistema autoritario donde la intolerancia  y la corrupción tienen su campo de cultivo más fértil. En el totalitarismo no hay instituciones públicas ni sociales capaces de garantizar la fiscalización de los que ostentan el poder desde el Estado, secuestrado y supeditado a los estamentos autoritarios que reprimen cualquier indicio de crítica.

Lo contrario sucede en el sistema democrático. En éste se reconoce, como principio fundamental, que las ideas de los demás pueden estar en lo cierto, tanto como las nuestras, y que el ejercicio del poder democrático siempre puede tender a la corrupción.

La tolerancia y la anticorrupción se hacen efectivas y eficaces porque el poder democrático cultiva tanto la pluralidad ideológica como la crítica (y autocrítica) permanente e indisoluble como el mejor antídoto contra la intolerancia y la corrupción.

Las Organizaciones No Gubernamentales (ONG: s) y todos los medios de comunicación, en especial los alternativos, junto a las instituciones fiscalizadores del Estado democrático, son los verdaderos parámetros del pulso democrático. Unos y otros deben ser adictos a la tolerancia, la que posee el beneficio de la duda, porque ésta la salva de la intransigente intolerancia y de caer en la corrupción.

Por último, si extrapolamos estos planteamientos al terreno de la política coyuntural y electoral, podremos ver más claramente las fuerzas políticas que practican la tolerancia y, por eso, las más demócratas y que mejor pueden tener control sobre la corrupción fiscalizando el poder ininterrumpidamente, versus las fuerzas políticas que practican la intolerancia y, por lo tanto, las más autoritarias y capacitadas para abonar la corrupción sistémica.

Conclusión: para minimizar y evitar nuevas catástrofes humanas, la opción política es tan sencilla como diáfana.

*Antropólogo social y periodista científico

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