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ARDE-LA-CIUDAD8

En medio del fuego, con
la lacrimógena en el aire.
Y no son los treinta pesos
del Metro.
Es el sistema completo.

Por Richard Sandoval

Es como que hoy hayan explotado todas las cifras de la injusticia y la desigualdad que sustentan Chile. Esas cifras que ya nos sabemos de memoria. En las barricadas arden las cien lucas que las viejas cobran de pensión en la miseria. En las rejas derribadas de las estaciones de la periferia caen la indolencias de las menos de 400 Lucas que gana más de la mitad de Chile. No quiero que me cagues nunca más, dicen las sonrisas de las familias enteras que cantan, sin temor, con orgullo, “evadir, no pagar, otra forma de luchar”.

Es impresionante ver cómo todas las manos se alzan. Dan ganas de llorar. Nunca habíamos visto tanto apoyo a una causa ciudadana, o hace años que no lo recordamos. Es que es transversal. Auto que pasa por entre las cacerolas toca su bocina. Las señoras sacan sus cabezas sonrientes para dar un grito de respaldo. Los viejos más descreídos de todo, de la política, de los movimientos, hasta de sí mismos, se detienen y muestran su dedo pulgar. Miles quieren registrar la escena con sus teléfonos. Están hartos de los abusos. Pero también lo hacen con alegría, no con solo simple odio. Manifiestan su rechazo al gobierno, al sistema, a las tarifas absurdas que suben como espuma al contrario de sus sueldos, con gracia. La gente se siente feliz de estar viviendo esto.

En medio del fuego, con la lacrimógena en el aire. Y no son los treinta pesos del Metro. Es el sistema completo. Es como que hoy hayan explotado todas las cifras de la injusticia y la desigualdad que sustentan Chile. Esas cifras que ya nos sabemos de memoria. En las barricadas arden las cien lucas que las viejas cobran de pensión en la miseria. En las rejas derribadas de las estaciones de la periferia caen la indolencias de las menos de 400 Lucas que gana más de la mitad de Chile. No quiero que me cagues nunca más, dicen las sonrisas de las familias enteras que cantan, sin temor, con orgullo, “evadir, no pagar, otra forma de luchar”.

Se alzan banderas chilenas en San Bernardo, otras de No más AFP flamean en Ñuñoa. Ha sido un día duro, difícil, pero nadie baja los brazos. A todos, de algunas forma, les ha tocado la mentira de los tiempos mejores. A todos se les vino Chile y su locura neoliberal encima y la rabia despertó. Sin que nadie lo sospechara, como los amores repentinos que nadie vio venir. Porque hoy no colapsó el Metro, no colapsaron las calles más grandes de la ciudad; hoy colapsó la paciencia de un pueblo diverso, trabajador, esforzado, que no quiere que le sigan viendo la cara de imbécil, que lo traten de vándalo por pararle la mano a una autoridad insensible.

Padres explican a sus hijos y las respuestas incluyen todo: es por el precio del metro, es por el precio de la Luz, es por las pensiones, es por las deudas, es por los estudiantes, es contra los pacos, es por la calidad de vida agotada, exhausta, de tantas respuestas de basura.

Chadwick habló y dijo que la rebeldía era de pequeños grupos organizados, pero en la noche la respuesta vino en masa. Es el pueblo, es la gente común y corriente, es esa inmensa mayoría que hoy caminó por horas con la convicción plena de que este grito tanto tiempo reprimido se tenía que expresar, como fuera.

Ni en el 2011 viví esto, se escucha en alguna esquina de la capital, mientras arde la ciudad. Arde de rabia, de indignación ante el abuso tan normalizado; de placer al ver que este país sí puede reaccionar. Santiago arde alegre, furioso y compungido, pero decidido, como pocas veces hemos visto, a paralizar el Metro, trabajos y lo que sea necesario, para defender los intereses propios, los intereses de los trabajadores pisoteados por un panel de expertos que se burla sin asco. Hoy Santiago prefirió el caos, su asumido caos, a su depresión sometida, a su realidad disfrazada con cristales tan pero tan charchas.

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