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COP258

En diciembre de este año
2019 la COP 25
en Santiago de Chile.

Por Roberto Mayorga

Es previsible que se vuelva a insistir en la urgencia de detener el calentamiento global, disminuir drásticamente las emisiones contaminantes de carbono, eliminar la producción de plásticos y, especialmente, según se ha informado, acordar medidas para cautelar los océanos. Lamentablemente, se anuncian para el año 2050, lo que puede ser ya demasiado tarde.

Existen temas tabúes de carácter chocante ante los cuales preferimos evadirnos, como las teorías de científicos de los centros académicos más prestigiosos, en el sentido de que los fenómenos de calentamiento global, crisis climática, escasez del agua, sequías, desertificación, derretimiento de los polos, inundaciones, incendios, contaminación de los océanos y todo tipo de desastres ambientales, no constituirían eventos aislados, sino que formarían parte de una sexta extinción masiva de la vida que habría comenzado a afectar a la tierra.

Barry Sinervo, profesor de la Universidad de California, señala que hay cada vez más consenso científico que esta sexta extinción está actualmente en marcha. Es conocido que el quinto de esos episodios habría acaecido hace 65 millones de años exterminando a toda la fauna de dinosaurios. A diferencia de las extinciones anteriores, la actual en curso estaría siendo causada por la forma como el hombre ha explotado la tierra y que, como boomerang, está provocando una catastrófica reacción en contra de la humanidad y la integridad de todos los seres vivos.

Como apunta Jens Ormö, investigador del Centro de Astrobiología y colaborador del Instituto de Geofísica de la Universidad de Texas, “el ser humano es la especie que ha iniciado la sexta extinción masiva; tal vez estemos a tiempo -aduce-, de aprender algo del pasado”.

Frente a aquel serio riesgo, ¿existe real conciencia de que si el mundo no modifica drásticamente sus modelos de negocios y su sistema cultural, peligra la subsistencia de la especie humana y gran parte de la vida en la tierra?

En este contexto se realizará en diciembre de este año 2019 la COP 25 en Santiago de Chile. Es previsible que se vuelva a insistir en la urgencia de detener el calentamiento global, disminuir drásticamente las emisiones contaminantes de carbono, eliminar la producción de plásticos y, especialmente, según se ha informado, acordar medidas para cautelar los océanos. Lamentablemente, se anuncian para el año 2050, lo que puede ser ya demasiado tarde.

Por otra parte, los acuerdos en cada una de las anteriores 24 COP -y que probablemente se tomen en la número 25- dirigidos a los Estados miembros, al carecer de poder vinculante, no han logrado implementarse, especialmente por la falta de una decidida cooperación de las potencias más contaminantes, amén de la falta de conciencia en gran parte de la población mundial. Se indica al respecto que estos riesgos están estremeciendo conceptos como los de soberanía nacional, democracia y geopolítica mundial.

Se postula que COP 25 incluya el despliegue de una campaña mundial permanente orientada a las personas, a fin de crear y/o fortalecer un sentimiento universal de responsabilidad individual y comunitaria ante esta crisis, un desafío que, a partir de cada persona, se internalice en sus diversas actividades, públicas o privadas, sociales, políticas, educacionales, familiares, empresariales, laborales o meramente particulares.

Dicho sentimiento de responsabilidad se refiere a una actitud y comportamiento constantes por privilegiar a la humanidad y a la naturaleza por encima de la obsesión por acumular ilimitadamente mayor cantidad de mercaderías a costa de un desorden ecológico colosal, lo cual, sin beneficiar a los sectores más necesitados de la población, alimenta una banal ostentación de riquezas en medio de un planeta en destrucción.

Se sostiene la convicción de que el mundo debiese girar drásticamente de sus actuales vías de crecimiento -capitalistas, socialistas o de cualquier índole-, hacia el logro de los 17 Objetivos del Desarrollo Sustentable de la ONU delineados para el 2030. Ahora bien, un giro universal de esta envergadura sería ilusorio sin aquella actitud colectiva que privilegie al ser humano sobre las cosas y que puede analizarse bajo el concepto de “calidad humana”, esto es, una conducta profundamente solidaria, franca, fraterna y comprometida hacia el prójimo y la naturaleza, que irradie confianzas y armonía, tanto a nivel individual como social, y sin la cual es prácticamente imposible poseer conciencia de la importancia de cuidar el hábitat en beneficio tanto de las actuales como de las futuras generaciones.

En suma, y volviendo a la interrogante formulada, se postula en este documento la hipótesis de que para evitar o morigerar una secta extinción, se requeriría previa o simultáneamente una campaña global dirigida a reconvertir culturalmente el comportamiento humano frente a sí, frente a los otros y frente a la naturaleza.

Roberto Mayorga Lorca

Doctor en Derecho de la Universidad de Heidelberg, profesor titular de Derecho en las universidades de Chile y USACH y ex embajador en Filipinas

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