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CUECA

No hay primera sin segunda.

Por Daniel Matamala*

“Se trató de un error humano, igual como sucedió con la planta de agua en Osorno”, dijo el intendente de Magallanes después de que 40 mil litros de diésel se derramaran desde una mina de CAP en Isla Guarello. “Un funcionario dejó abierta una llave para llenar un estanque de petróleo y rebalsó”.

Así de simple. Faenas críticas para el suministro de agua potable de una ciudad completa o para la protección de un frágil ecosistema en la Patagonia, confiadas a la buena memoria de quien debe cerrar la llave.

Básicamente, las mismas medidas de seguridad que usted toma cuando llena la tina de su baño.

Si hace poco en estas páginas decíamos que lo de Osorno es la cueca en pelota, lo de Isla Guarello es la segunda patita.

Bailémosla paso a paso.

Paseo: el superintendente subrogante del Medio Ambiente dice que, como la faena de CAP es anterior a la ley ambiental, “nosotros no tenemos atribuciones sancionatorias”. CAP puede inundar de petróleo el archipiélago Madre de Dios, con 40, 40 mil o 40 millones de litros de diésel, pero la superintendencia considera que no es de su incumbencia.

Primera vuelta: más de 2.000 kilómetros hacia el norte, los vecinos de Quintero viven un nuevo peak de contaminación por dióxido de azufre, por las emisiones de la refinería Ventanas.

“Cuando se supera la norma se piensa que es una infracción, pero no es así”, explica didácticamente la ministra del Medio Ambiente. Adivinen: Ventanas también es una industria antigua, por lo que no tiene resolución de calificación ambiental, y la superintendencia considera que no puede sancionarla.

“Esto es difícil de entender”, admite el superintendente subrogante en entrevista en CNN Chile. “¿A usted lo mandan a la guerra con una pistola de agua?”, le pregunto. “En este caso es una pistola de agua; en otros casos sí hemos tomado acciones drásticas”, responde.

Medialuna: la Corte Suprema considera que la superintendencia sí debe actuar, y la ha reprendido por no hacerlo en casos como el derrame de hidrocarburos en Quintero y el vertimiento de salmones descompuestos en Puerto Montt. Más que un león sin dientes, es uno que prefiere no morder: desde octubre del año pasado, ni siquiera hay un superintendente titular a cargo.

La justicia está de manos atadas. Como el delito ambiental no existe en Chile, los fiscales deben acomodar añosas normas del Código Penal o de la Ley de Pesca para intentar investigar estos casos.

Vuelta en ocho: Chile presume de su cielo azulado y su mar que, tranquilo, te baña, pero, según Cepal, somos el país de la OCDE que menos invierte en proteger el medio ambiente: apenas el 0,1% del PIB.

Ya en 2016, la OCDE advirtió que Chile “depende en exceso de los recursos naturales para generar crecimiento económico (…) La contaminación atmosférica de las zonas urbanas es permanentemente alta, el agua es escasa y está contaminada, se está perdiendo hábitat y existe gran vulnerabilidad al cambio climático”.

Esta amonestación llegó con varias advertencias: entre ellas, tipificar de una vez por todas el delito ambiental, estableciendo penas de cárcel efectiva para los culpables de desastres ecológicos.

Escobillado: cuando el gobierno finalmente presentó el proyecto, este venía con varias letras chicas. Las penas de cárcel son simbólicas (parten en 61 días, que obviamente no se cumplirán en prisión); y a la Fiscalía se le prohíbe investigar sin querella de la superintendencia.

Esa pillería ya la conocemos de memoria. Es la misma que impide a fiscales investigar a políticos y empresarios sin la venia del Servicio de Impuestos Internos o el Servicio Electoral (noticia en desarrollo: ante las críticas de algunos parlamentarios, expertos y de la Corte Suprema, el gobierno se ha abierto a eliminar esa cláusula).

Palmas para la cueca en pelota: como los gerentes, directores y ejecutivos culpables no arriesgan cárcel, no se invierte en seguridad y cuando algo sale mal, la culpa es del “error humano” que comete algún pobre diablo.

Y aquí da igual que sean compañías privadas o estatales. Ventanas es propiedad de ENAP, y el prontuario ambiental de Codelco es terrible. Las empresas de todos los chilenos no son más cuidadosas al envenenar los pulmones de sus propios dueños.

Zapateo: contaminar sale gratis y depredar es un jugoso negocio. Mientras eso no cambie, en la Patagonia, en Quintero y en cada rincón de Chile, seguiremos bailando esta cueca en pelota, con segundas, terceras y enésimas patitas.

¡Vueeeeelta!

*Periodista, conductor de CNN 

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