NO-TODO8

El 2018 fue el cuarto año
seguido más cálido del que
se tenga registro marcando
una tendencia al
recalentamiento que no se
había producido. 16 de los
años más cálidos en el planeta,
se han registrado desde el 2000.

Rainer María Hauser M.

Sociólogo.

Hace unos días, hemos vivido esa realidad de la convivencia de los extremos, que la ciencia climática nos anuncia hace una veintena de años. Mientras en los USA se vivieron los fríos más intensos, con temperaturas de -32°C, más bajas que en el polo, (“Chiberia” llamaban a Chicago…), en zonas de Australia se llegó a +49°C, las más altas que nunca se habían registrado.

En diciembre, se publicó en una revista académica, un artículo -que dejó entonces de ser mío-, que planteaba que, con el Acuerdo de Paris, la comunidad internacional entraba en la era del significado. Identificando las tres fases históricas por las que ha pasado la CMNUCC, y refiriendo cada una de ellas a uno de los tres tipos de ciencias, en que agrupamos el conocimiento científico en occidente, decíamos que la oposición extrema, proyecta a la humanidad en la era del espíritu.

 Allí, entregando lo que a su vez es una tipología semántica, decíamos que a la mitigación corresponde el llamado a las ciencias exactas, que la adaptación se identifica con las ciencias sociales y el Acuerdo de París es una convocatoria a las ciencias del espíritu, o humanidades, que nos identifican con la búsqueda de significados.

Si algo pudiera agradecerse del Cambio Climático, es que nos muestra con claridad científica los resultados, no probables, sino tangibles y reales, -aunque nuestra consciencia sea posiblemente tardía-, de una civilización que considera a la naturaleza como un medio. Así, nos plantea al mismo tiempo el fin y el comienzo, la tesis y la antítesis, en una síntesis devenida humana.

Una vez claro, superadas a través del diálogo, las trabas emocionales (políticas, económicas…) que nos impiden comprenderlo y considerar que, para enfrentar el caos climático y la pobreza, no podemos seguir haciendo lo mismo que hemos hecho para provocarlos. Significar, es encontrar parámetros para traducir de un lenguaje a otro. Y en eso estamos. Pero no estamos solos.

Un ministro Inglés de Cambio Climático, hace una década, dijo que “la ciencia del cambio climático tiene tres partes indisociables: la ciencia, la economía y la política”. De alguna manera seguimos esa señal con nuestras entradas que van dirigidos a todos.

El informe especial del IPCC sobre el límite de 1.5 grados del calentamiento global -que recordamos, en nuestras entradas-, junto con provocar que se tomara en cuenta la ciencia del clima y que desde entonces debe ser el más citado de los informes del IPCC, fue acompañado de un llamado tan dramático del Secretario General de UN, como los resultados que contempla, provocando una oleada de urgencia en el debate sobre el clima y provocando una cierta reacción por el tono alarmante de los científicos, al fin reconocidos, así sea someramente, por funcionarios y diplomáticos inherentemente conservadores.

El debate, que sigue acalorándose -como si el aumento de la temperatura lo estuviera influyendo-, sobre cómo debemos movilizarnos en torno a esta urgencia para la cual hay plazos, y hemos adquirido compromisos, sigue en desarrollo, aunque sabemos que nuestro gobierno, siguiendo una vieja tradición de secretismo, continúa perdiendo la ocasión política, de lanzar un gran debate nacional sobre el caos climático, sus efectos, sus costos, y los temas que marcan la Agenda de la COP 25 en diciembre.

El 18/01/2019, a contracorriente con la opinión de denegación de la ciencia del Cambio Climático de  su Presidente, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos (DoD, por sus siglas en inglés) a petición del Congreso de ese país, entregó un informe sobre las vulnerabilidades de las instalaciones militares y las condiciones de combate, resultantes del cambio climático en los próximos 20 años, destacando la incorporación de la resiliencia climática, como consideración transversal en los procesos de planificación y toma de decisiones.

Reafirmando que los efectos de un clima cambiante, constituyen también un problema de seguridad nacional con impactos potenciales en las misiones, planes operativos e instalaciones del ejército de los USA, el “Informe sobre los efectos de un clima cambiante en el Departamento de Defensa” destaca la necesidad de mayores requisitos de mantenimiento y reparación para capacitación de pruebas, infraestructura y equipos asociados, ante la evidencia de del Cambio Climático, y sus  proyecciones de amenazas de mayor inestabilidad del país, efectos en operaciones de socorro y respuesta a desastres, logística de las misiones y apoyo a la defensa de las autoridades civiles.

Por otra parte, si bien nuestra atención principal respecto a la criósfera (espacios helados del planeta, que cada vez se entiende mejor, como una de las fases por las que atraviesa el sistema de circulación hidrológico) está en la capa de hielo de Groenlandia, el Ártico y más cerca de nosotros las plataformas Antárticas, un informe (del mismo día 18/01/2019), que debiera ser tomado en cuenta, al menos por nuestros “hacedores de política”, muestra que el Himalaya enfrentará un desastre catastrófico durante este siglo, si no hay un esfuerzo inmediato para reducir las emisiones de carbono del mundo.

El estudio elaborado por el Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas (ICIMOD), “Evaluación del Himalaya Hindú Kusch: Cambio Climático, Sostenibilidad y Personas”, afirma que, en el mejor de los casos, las montañas del Himalaya perderán más de la tercera parte de su hielo a fines de siglo, afectando el suministro de agua de dos mil millones de personas. Para los artistas, la región del Monte Everest, perdería el 90% de su hielo para el 2100.

Recientemente publicó el Stockholm Environmental Institute (SEI), un estudio que considera el riesgo acumulativo de distintos efectos de retroalimentación que, al auto reforzarse pueden llevar al ecosistema terrestre, a un calentamiento continuo, provocando una de “Tierra de invernadero”, incluso si hubiéramos tenido éxito en reducir las emisiones humanas. Este escenario, llevaría a fines de siglo a una temperatura promedio global mucho más alta que cualquier período interglaciar en los pasados 1.2 millones de años, con niveles del mar significativamente más altos que en cualquier momento en el Holoceno, causando serias interrupciones en los ecosistemas, la sociedad y las economías.

Se requiere una acción humana colectiva para alejar el Sistema de la Tierra del umbral potencial y estabilizarlo en un estado interglaciar habitable. Tal acción implica la Gobernanza de todo el sistema terrestre: la biosfera, el clima y las sociedades. Ello podría incluir la descarbonización de la economía global, la mejora de la biosfera, captura y sumideros de carbono, cambios de comportamiento de las personas, innovaciones tecnológicas, nuevos acuerdos de gobernanza y valores sociales transformados, en virtud de un futuro sustentable.

Por cierto, considerando la alta probabilidad, que esta civilización no sea capaz de mantener  un límite de aumento de la temperatura global en +2°C sobre los niveles preindustriales para el 2030, como se planteó el Acuerdo de Paris el 2015 (digamos que el año pasado 2018, uno de los 4 años más cálidos de los que se tenga registro, la temperatura global ya alcanzó los 1,4°C) una de las cuestiones claves, en los escenarios que se nos presentan, para el 2020, será establecer regulaciones precisas y acotadas, acerca de los desarrollos tecnológicos de captura de Carbono, del aire o en depósitos de tierra o mar, así como de los experimentos en geoingeniería, que han sido vistos como una manera de seguir quemando hidrocarburos fósiles, mientras se hacen nuevos negocios.

La Ley de Cambio Climático, debe abordar decididamente esta difícil problemática, que no basta con mencionar.

Así, más allá de las experimentaciones empresariales, que maravillan por su efectividad y se inscriben con facilidad en el quehacer de una administración tecnocrática, convencida de la eficiencia de la tecnología para resolver cualquier problema ”técnico”, se debe considerar como una historia a seguir en 2019 y que estará presente en “nuestra” COP25, la propuesta del gobierno de Suiza para abordar la gobernanza de la geoingeniería en la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEA4), a reunirse en marzo.

En dicha reunión -según opinión de algunos-, habría de establecerse una prohibición directa de la geoingeniería, o fortalecerse las moratorias existentes en el Convenio sobre Diversidad Biológica (CBD) y en el Convenio de Londres. En lugar de ello, la discusión podría deslizarse hacia acuerdos que permitieran pruebas y despliegue de las técnicas de geoingeniería, en distintos lugares del planeta.

Es muy importante el cómo los gobiernos intentan resolver la urgencia de la crisis climática. A través de la implementación de programas reales de Tecnología Democrática Deliberativa, o tomando decisiones secretas, sobre temas que ningún ciudadano conoce, hasta que una autoridad no inaugure con pompa y gran despliegue publicitario, el anuncio que todo ya fue hecho de óptima manera y según las posibilidades que teníamos, o que se nos ocurría tener.

¿Idearemos soluciones impulsadas con la participación colaborativa de todos, que aborden los múltiples aspectos de una crisis que, aunque no guste a nadie es real -nutrición, desigualdad, salud, contaminación- y reconfiguren con el diálogo, las fuerzas estructurales que crearon la crisis climática, o serán arreglos tecnológicos a gran escala, como la geoingeniería, o los mercados de carbono, que den un paso más allá en la privatización del aire y generen burbujas de inversión rentable  que concentren aún más el poder? ¿Un nuevo acuerdo, de transición justa, o un aumento no sustentable del poder corporativo, con el pretexto de la geoingeniería?

La “singularidad” es el nombre que recibe la hipótesis que la invención de la super-inteligencia artificial desencadenará abruptamente, de aquí a unos años, un crecimiento tecnológico descontrolado y que, a la imagen de la acumulación -nos quieren convencer-, como el “crecimiento” económico, se proyecta infinitamente, por si sola, sin historia, sin personas, sin vida, ni planeta.

Nada es inevitable, ya se trate de la burbuja multimillonaria de inversión en inteligencia artificial, o de la genómica y sus laboratorios sin control, o de sus vínculos con los imperios anarco-feudales de datos y el manejo científico de la intolerancia. El surgimiento de la deliberación democrática como herramienta puede ser una salida y una solución.

De allí que no podamos menos que reiterar nuestro saludo al movimiento de los chalecos amarillos, en Francia, y a la creciente tendencia a crear conciencia de ello en el mundo.  Ambos intentos son una real expresión de movimiento social espontáneo, producido por la acumulación de los múltiples efectos del sistema capitalista sobre los seres humanos, que como dijo el otro, producen un alejamiento -o alienación- de nosotros mismos, del resto de los humanos y de la naturaleza.

Y si por un lado tenemos las dinámicas del desarrollo de las tecnologías, que parecen avanzar cada vez más hacia dominios de autonomía de control, desarrollándose según ritmos exponenciales, como asevera la “singularidad”, por el otro tenemos el surgimiento de movimientos sociales, impregnados de nuestras fatigadas consciencias, pero incólumes en nuestras inconsciencias, que también se rigen por procesos estocásticos, surgidos en el seno del más refinado control…

Se trata de la vida toda. Esta y esa. Las palabras, al mismo tiempo, nos faltan y están de más.

ClariNet