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05-03-2010

Algunos especialistas defienden la utilidad de los chequeos médicos para detectar patologías de diversa índole, mientras que otros consideran que en general son innecesarios.

 

Sin embargo, existe la ya conocida pregunta que todos nos hacemos alguna vez: ¿vale la pena someterse a un chequeo médico?. La controversia en torno a este tema persiste, aunque ha perdido intensidad.

 

Las características esenciales de este tipo de reconocimientos, que por lo general consisten en un examen integral e individualizado del estado de salud, incluyendo aspectos físicos, psíquicos y sociales, residen en que se aplican a personas sanas, pues su motivación es preventiva y, como tal, su misión es detectar indicios de anomalías previsibles o desconocidas en el organismo, tras lo cual se emite un diagnóstico preciso de salud o enfermedad.

 

Un vistazo a las hemerotecas de publicaciones médicas en busca de opiniones autorizadas, nos confirma que a este respecto los chequeos -algunos prefieren llamarlos "valoración del estado de salud"- han ganado popularidad entre la población, pero también revelan que hay muchos expertos no muy partidarios de aplicarlos, si bien matizan que lo que en realidad rechazan son las pruebas ineficaces, rutinarias, innecesarias, que a la postre no aportan nada al diagnóstico.

 

Muchos de los exámenes que se incluyen habitualmente en las revisiones rutinarias organizadas por las compañías son totalmente innecesarios. Toda prueba tiene unos condicionantes estadísticos que avalan o desaconsejan su uso. Por tanto, el tipo de revisiones, la periodicidad con la que se realicen y la edad a la que estén indicadas, las debe decidir el médico ateniéndose a la evidencia científica. Todo chequeo debe ser dirigido, no puede ser aleatorio, ya que lo que buscamos dependerá de cada persona en particular, del ambiente en que viva, de su tipo de trabajo y de sus antecedentes personales y familiares.

 

Algunos especialistas no dudan en afirmar que hasta ahora la evidencia científica vendría a confirmar cómo la aportación de los chequeos médicos a la mejoría de la salud y a la prolongación de la vida y calidad de la misma es, cuando menos, dudosa. Un argumento que avalaría este extremo serían las conclusiones obtenidas de un estudio realizado en Londres, en el que se "chequeó" a un importante grupo de población, frente otro de características similares que no fue sometido a revisión alguna. Comparados los resultados de ambos grupos al cabo del tiempo, se constató que la mortalidad en ambos fue prácticamente igual, con el agravante de que los chequeos realizados habían supuesto un alto coste añadido en concepto de tiempo y de uso de servicios médicos.

 

Cierto es que en ocasiones es posible detectar algunas enfermedades antes de que presenten sintomatología, pero no es posible mejorar su pronóstico. Ejemplos de esta circunstancia son el cáncer de pulmón y diversas patologías metabólicas congénitas; por otro lado, someterse a un chequeo inespecífico conlleva la posibilidad de que ciertos trastornos pasen desapercibidos o se manifiesten -ya es mala suerte- a pocos días posteriores a la revisión.

 

En estos casos está claro que la detección precoz no ha podido garantizar un mejor pronóstico, con el agravante de que el paciente, al creerse sano, haya podido mantener o retomar los malos hábitos que hasta ese momento pudiera tener.

 

Llegados a este punto, no habría más remedio que plantearse para qué sirve entonces un diagnóstico precoz. Al parecer, el principal problema estriba en que, por lo general, en muchas personas apenas habría un intervalo de tiempo entre el momento en que la medicina es capaz de atisbar una enfermedad y aquel en que ésta manifiesta síntomas o señales de alarma.

 

Ejemplos de ello son la gripe o el cáncer de pulmón, que cuando se detectan es porque el paciente ya nota la presencia del mal.

 

Pero también es cierto que hay otros trastornos que, en cambio, sí son perfectamente factibles de ser diagnosticados precozmente, y merced a ello se salvan muchas vidas. Tal es el caso del cáncer de mama, que puede permanecer latente, sin mostrar síntomas durante meses o años y, sin embargo, si se llevan a cabo las oportunas revisiones periódicas aconsejadas por los médicos, se puede detectar mediante una mamografía y tratarlo antes de que comience a causar estragos; lo mismo cabe decir de la hipertensión, "la asesina silenciosa", que evoluciona de forma silente durante años, pero es factible detectarla antes de que desencadene una enfermedad cardiovascular.

 

Sea como fuere, quienes abogan claramente por los chequeos médicos aducen que siempre será mejor toda acción médica preventiva que cualquier acción médica curativa, y mucho mejor si aquella se hace a partir de los cuarenta a cuarenta y cinco años de edad, aunque debe tenerse en cuenta, que si bien es cierto que los chequeos son muy útiles, no son infalibles. El diagnóstico de la salud es mucho más complicado que el diagnóstico de la enfermedad. Cuando alguien tiene un síntoma, la valoración médica se hace orientada al origen de este síntoma. Sin embargo, detectar posibles factores de riesgo en un paciente asintomático resulta más difícil.

 

En una revisión se valora una opción más o menos amplia, pero no se puede hablar de la totalidad de lo que pueda tener una persona.

 

El doctor Oscar Beloqui, responsable de la Unidad de Chequeos de la Clínica Universitaria de Navarra (España) , añade: "Globalmente, son útiles. Si te los haces en el pediatria cuando estás creciendo, ¿por qué no van a llevarse a cabo cuando vas cumpliendo años y la maquinaria se va desgastando?". No obstante, matiza este especialista, que los tan en boga "paquetes VIP" para ejecutivos son algo absurdo, incluso perjudiciales para la imagen de las instituciones sanitarias. "Las pruebas deben recomendarse en función de un criterio médico y no confeccionar un fardo a granel como si fuera un viaje o una oferta de supermercado", remarca.

ClariNet

 




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