15-01-2010

El caso del cura Muñoz de Melipilla destapa una olla podrida, la prostitución infantil, que todo el mundo hipócrita y cartulino, se empeña en ocultar, comenzando por los propios organismos oficiales e incompetentes, con la entusiasta colaboración del resto de la sociedad.
Por Justo Calcante
En una sociedad hipocritona como la nuestra, se intenta esconder algo que siempre fue considerado con demasiada liviandad como el gran pecado venial nacional, la prostitución y hay que recordar que hasta 1958 cuando fue elegido presidente el gran solterón chileno, Jorge Alessandri Rodríguez, era un secreto a voces el prostíbulo preferido del mandatario en turno.
Parte de la pequeña historia nacional son lupanares como Las Motores de La Serena donde despachó el radical de derecha Gabriel González Videla o El Puyehuito a la salida de Osorno, de los colaboradores de Carlos Ibañez del Campo, que en Santiago se refugiaban en Vicuña Mackenna 52, número actualmente desaparecido pero cuyo edificio alberga al Comité Olímpico, que al parecer sucumbió ante el ambiente propio de una casa de remolienda y mantiene las cosas iguales como en esos años, aunque ahora con ropa.
Alli atendía, por las tardes, los asuntos de Estado el ministro del Interior ibañista, el coronel Benjamín Videla Vergara, en mangas de camisa, suspensores y pantalones de montar aunque sin botas de equitación, solo calcetines, amparados en mullidas alfombras, en lo que fue una elegante sede de este extraño Club de Tobi, aunque paradójicamente, lleno de mujeres.
En este mundo masculino anecdótico, donde la política y los negocios se hacían de noche, en torno a una ponchera de cristal y transparentes tazones con llamativas y quebradizas orejas, recipientes del pisco con ginger ale que animaba a los presentes, había un lado oscuro.
Detrás de todo, estaba el sórdido problema de una sociedad donde el amor tarifado mostraba todas sus miserias y su rostro criminal, porque desde el derecho a pernada de los hacendados del siglo XIX, a las empresarias del sexo del siglo pasado como La Nena del Bangio, La Guillermina, la Chepa pobre o la siniestra Carlina Morales Padilla, la Carlina, siempre hubo explotación de niñas pobres, que se iniciaban siendo apenas púberes.
Hoy, estadísticas poco serias, hablan de unas 10.000 niñas víctimas de la prostitución infantil, número ridículo y absurdo. Y el tema lo saca a la luz la Iglesia Católica, pero no por sus campañas a favor de las víctimas, sino por las pilatundas de uno de sus curas tunantes. No es raro. Eran esos mismos curas persiguiendo beatas, los que por siglos justificaron la prostitución argumentando que era una forma de desahogar los ardores varoniles de los niños bien y de paso conservar la virginidad de sus hermanas, sus primas y sus amigas.
El actor del último tropezón sexual religioso, que de paso pone en relieve el absurdo de la castidad de los religiosos, ha sido el párroco rural de Melipilla, Ricardo Muñoz, detenido por sostener relaciones sexuales con menores de edad a las que pagaba luego de ser contactadas por su amante, la rolliza Pamela Ampuero, madre de sus dos hijos y también arrestada.
De acuerdo al subprefecto Jaime Graffigna, de la Brigada de Delitos Sexuales de Investigaciones, el religioso "tenía su mujer en Curacaví con la cual tenía dos hijos y esta persona buscaba menores de edad de escasos recursos y vulnerabilidad económica”, en una ciudad que poco a poco se ha ido convirtiendo en cementerio del Gran Santiago pero que conserva grandes bolsones de pobreza.
Pamela Ampuero, indicó el detective, es una mujer moderna y “por intermedio de internet mostraba fotos al sacerdote de las muchachas que conseguía y una vez obtenida la venia, hacía los contactos y trasladaba a las menores a moteles del sector de Talagante”, luego de lo cual les pagaba entre 30 y 40.000 pesos por su silencio y por sus servicios.
Por el momento, Muñoz aparece como responsable de haber mantenido relaciones con dos menores de 15 y 16 años. El cura, que oficiaba misas en la parroquia Santa Teresa de Melipilla, usaba el auto del obispado para reunirse con las niñas en la comuna de Estación Central y las llevaba a un motel de Américo Vespucio Sur, para luego regresarlas al mismo lugar. Se señala que también las llevaba a Casablanca, Curacaví o a Talagante.
El religioso, trabajaba como capellán de un colegio en Talagante, por lo que no se descarta que se descubran más casos. El fiscal de la causa, Cristián Cáceres, declaró a Radio Cooperativa que “el sacerdote tiene al parecer tres hijos: dos de ellos con la persona que le facilitaba a las menores, y otro hijo habría sido con una de estas últimas”.
El funcionario agregó que podrían ser cinco las niñas afectadas. Muñoz al menos, reconoció todo.
El obispado de Melipilla lamentó el hecho y su titular, Enrique Troncoso, declaró “estupor” por la denuncia en contra del párroco de la Iglesia Santa Teresa.
La autoridad eclesiástica pidió “perdón” a las víctimas, dijo que al interior de la Iglesia Católica no se contaban con antecedentes del caso y anunció una investigación con base en el derecho canónico.
“Con estupor me he enterado de las acusaciones que se formulan al sacerdote Ricardo Muñoz, no hay en la institución eclesiástica antecedentes de denuncia o acusaciones formales en su contra por lo que los hechos imputados nos causan gran desconcierto”, declaró. “Dada la gravedad de las situaciones que se han divulgado públicamente abriremos una investigación, causa canónica, conforme al ordenamiento jurídico particular de la iglesia. Queremos pedir perdón a Dios y a los hermanos y a la vez a respetar al inculpado en sus derechos y en la espera de las pruebas de acusación y del juicio”, agregó.
El obispo es uno más que cierra los ojos ante el drama de la prostitución infantil en Chile, un tema del cual no hay muchos antecedentes públicos porque se oculta celosamente. Las cifras son poco claras pero extrañamente sitios de encuentros clandestinos como las calles Suecia, Panamericana y General Velásquez abundan en el imaginario urbano y comprueban esta triste realidad.
En 1995, el Servicio Nacional de Menores (Sename) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), estimaban que unos 4.200 niños y adolescentes, de entre seis y 18 años practicaban el comercio sexual por presiones de terceros. Desde esa fecha no se han realizado nuevos estudios, porque la sociedad cierra los ojos como si nada pasara. Aparentemente la cifra superaría actualmente los cinco mil niños, pero Unicef estima que el número de pequeños afectados por esta sórdida realidad - en especial en el clandestinaje- llegaría a 10,000 menores. Más de algún policía cree que hablar de cincuenta mil casos no es aventurado y se acerca más a la realidad.
Para la Unicef, el comercio sexual se ha incrementado en los últimos años por las nuevas formas de contacto como internet o los teléfonos celulares, que evitan la calle y facilitan los contactos y el cambio en las preferencias de los adultos, que optan por niños, por el bajo riesgo de contagio del sida.
En países como Brasil la cifra de los pequeños esclavos sexuales llega a los 500.000; India, con 300.000 o Costa Rica, con 140.000.
En el país los casos se producen con mayor frecuencia en Santiago, Valparaíso, Arica y Concepción y en los últimos dos o tres años se incrementó el comercio sexual callejero de varoncitos, pues las niñas han ingresado a saunas o al comercio sexual directo.
Lo peor es que la prostitución infantil es un fenómeno creciente amparado por la ley pues no se tipifica al momento de la detención de los menores. De los 68.000 niños atendidos en el año 1998 por Sename, sólo 180 ingresaron exclusivamente por esta causal. Para peor, muchas de las víctimas se vez atrapadas por la drogadicción o son parte del maltrato hogareño.
El funcionario del ministerio de Justicia, Cristóbal Pascal, señaló que en los últimos años se endurecieron las sanciones a la pornografía infantil, se terminaron las inhabilidades para quienes formulan denuncias; se definió que es el inculpado quien debe probar su inocencia y no la víctima la que demuestre el delito, además que la habitualidad del abuso ya no es motivo para reducir sanciones y se convirtió en agravante el hecho de que sean los padres quienes prostituyen a sus hijos.
Pero, a decir verdad, se confiesa en la policía, la cosa va de mal en peor y en cuanto a las barrabasadas del cura Muñoz la sospecha es que muchas beatas sabían de la cuestión, pero nadie dijo nada por mucho tiempo..
ClariNet
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