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Cuando la derecha estaba en su peor momento, en crisis terminal, levantando una capañana del terror y atrincherándose en la posibilidad (hasta ayer remota) de mantener los cuorums mínimos para impedir que se hagan reales cambios estructurales al sistema, los caciques concertacionistas se las han ingeniado para darse un tiro en la pata, darle respiro y agua al momiaje y de paso abrir la puerta y la patente de corso a los catapilcos de todos los colores.
Por Horacio Marotta
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